Últimamente he estado pensando mucho en cómo, casi sin darnos cuenta, nos van moldeando los sistemas por los que nos movemos… y en lo fácil que es confundir comodidad con corrección.
Es agosto de 2026. Hemos vivido una pandemia, levantamientos por la justicia racial, crisis climáticas cada vez más graves, ataques a los derechos de las personas trans, oleadas de desinformación y una lucha constante por decidir qué vidas se consideran “dignas de ser protegidas”. En medio de todo esto, hay una palabra que vuelve una y otra vez: solidaridad.
No la versión superficial, de hashtag. La que cuesta algo. La que nos pide pasar de “me importa” a “me hago responsable”.
Quiero explorar qué significa eso de una forma concreta y personal; no como un eslogan, sino como una práctica que realmente podamos vivir.
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Cuando las “buenas intenciones” no alcanzan
Hace años, estaba en una reunión donde una colega —una de las pocas mujeres negras de la organización— expresó su preocupación porque se estaban tomando decisiones sin consultar al personal racializado. Habló con calma, con claridad y con ejemplos concretos.
Recuerdo que me sentí a la defensiva.
Mi monólogo interno sonaba más o menos así: “Pero yo soy de las buenas. Me importa. No soy racista. Todas estamos haciendo lo que podemos. ¿No es suficiente?”
En lugar de escucharla de verdad, empecé a redactar mentalmente contraargumentos: explicaciones, contexto, “no todas somos así”, “lo estamos intentando”. No dije casi nada de eso en voz alta, pero la energía estaba ahí. Podía sentir cómo me alejaba de su experiencia y volvía a refugiarme en mi propia comodidad.
Más tarde, me di cuenta de algo que todavía duele: en ese momento, estaba más preocupada por proteger la imagen que tenía de mí misma que por entender su realidad.
Ese es el engaño de las “buenas intenciones”: pueden convertirse en un escudo contra la rendición de cuentas.
La solidaridad pide otra cosa. Pregunta: ¿y si primero le creyeras a ella? ¿Y si trataras su experiencia como más importante que tu necesidad de sentirte una “buena persona”?
Esa fue una de las primeras y más claras lecciones que tuve sobre la diferencia entre querer ser vista como “amable” o “progresista” y, de verdad, presentarme desde la solidaridad.
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Solidaridad vs. simpatía
La simpatía dice: “Siento pena por ti”.
La solidaridad dice: “Tu lucha está entrelazada con la mía. Tu liberación está unida a la mía. Estoy dispuesta a asumir riesgos contigo y por ti”.
La simpatía puede mantenerse a distancia. Puede ser silenciosa, privada, incluso invisible. Puedes sentir simpatía sin cambiar absolutamente nada en tu vida.
La solidaridad, en cambio, reordena cosas. Cambia cómo usas tu tiempo, dónde pones tu dinero, qué conversaciones estás dispuesta a tener, qué estás dispuesta a perder.
Hay una cita que suele atribuirse a Lilla Watson, activista y artista aborigen: “Si has venido aquí para ayudarme, estás perdiendo el tiempo. Pero si has venido porque tu liberación está ligada a la mía, entonces trabajemos juntas”.
Pienso mucho en esa frase, especialmente cuando siento la tentación de “ayudar” de maneras que me mantienen a mí en el centro y a las demás en la periferia. La solidaridad no va de ser salvadora; va de reconocer que los mismos sistemas que deshumanizan a un grupo, a la larga, nos empequeñecen a todas, incluso si algunas salimos beneficiadas materialmente a corto plazo.
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La silenciosa comodidad del privilegio
“Privilegio” es una palabra que incomoda a muchas personas. Puede sentirse como una acusación: “No te ganaste lo que tienes”. Pero el privilegio no es un juicio moral; es una forma de describir un terreno desigual.
Si nunca has tenido que pensar si un baño es seguro para tu expresión de género, eso es privilegio.
Si nunca te ha preocupado que llamar a la policía pueda poner en peligro a tu familia, eso es privilegio.
Si nunca has tenido que calcular si tu acento, tu nombre, tu pelo o tu discapacidad te van a costar un trabajo, eso es privilegio.
Privilegio no significa que tu vida sea fácil; significa que tus dificultades no se agravan por ciertas barreras sistémicas. Y eso importa, porque la solidaridad nos exige notar dónde el suelo es más llano bajo nuestros propios pies… y preguntarnos qué responsabilidad viene con eso.
Estas son algunas preguntas que me he estado haciendo últimamente:
– ¿Dónde me muevo con más libertad que otras personas?
– ¿En qué espacios se asume que pertenezco?
– ¿Qué voces se apagan cuando la mía se alza?
– ¿Qué riesgos nunca tengo que considerar?
Estas preguntas no van de sentir culpa. Van de orientación. No se puede construir una solidaridad real si no estamos dispuestas a ver dónde el terreno está inclinado a nuestro favor.
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Cuando la solidaridad se vuelve incómoda
Hay una versión de la solidaridad que vive casi exclusivamente en internet: compartir una publicación, cambiar la foto de perfil, subir un comunicado. Esas cosas no son irrelevantes, pero tampoco bastan.
La verdadera prueba llega cuando la solidaridad resulta incómoda.
Recuerdo una vez que un amigo hizo un chiste transfóbico en un grupo de chat. No usó insultos, nada abiertamente odioso; solo uno de esos comentarios “sutiles” que se sostienen en que todas tratemos a las personas trans como un chiste.
Lo vi. Me incomodó. Y luego dudé.
No quería ser “esa persona” que “politiza todo”. No quería crear un momento incómodo. No quería arriesgarme a que se burlaran de mí o me ignoraran.
Esa vacilación, ese cálculo, es exactamente el lugar donde la solidaridad vive o muere.
En ese caso, después de un minuto de pelear conmigo misma, respondí. Dije algo sencillo: “Oye, chistes así contribuyen a que las personas trans estén menos seguras. ¿Podemos no hacerlos?”
El chat se quedó en silencio un rato. Luego alguien cambió de tema. Fue incómodo. Me sentí expuesta.
Pero aquí está el punto: la solidaridad no va de si el momento se siente fluido; va de si alguien que ni siquiera está en la sala estaría más segura si lo estuviera.
No siempre vemos el impacto de esas decisiones. Pero constantemente estamos moldeando la cultura en la que vivimos: o reforzamos el statu quo o lo empujamos hacia algo más humano.
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Interseccionalidad: sostener más de una verdad a la vez
Uno de los marcos más útiles que he encontrado para entender la solidaridad es la interseccionalidad, un término acuñado por la jurista Kimberlé Crenshaw para describir cómo distintas formas de opresión (como el racismo, el sexismo, el capacitismo, la homofobia, la transfobia, el clasismo) no solo se acumulan, sino que se cruzan y se moldean mutuamente.
Una mujer negra no vive el racismo y el sexismo como dos experiencias separadas; los vive juntos, de formas distintas a las experiencias de las mujeres blancas o de los hombres negros.
Entender la interseccionalidad ha cambiado cómo pienso la solidaridad. No basta con oponerse al racismo y a la vez ignorar el sexismo. No basta con apoyar los derechos LGBTQ+ y desentenderse de la justicia para las personas con discapacidad. No basta con preocuparse por la justicia climática y pasar por alto que el daño ambiental golpea primero y con más fuerza a las comunidades pobres y marginadas.
La solidaridad interseccional pregunta: ¿quién está en el filo más agudo de este problema? ¿Cómo les ponemos en el centro, no como gesto simbólico, sino como práctica?
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Preguntas para la auto-reflexión
Si has llegado hasta aquí, probablemente haya una parte de ti que quiere vivir la solidaridad de forma más profunda. Aquí van algunas preguntas con las que podrías quedarte un rato:
1. ¿En qué aspectos de mi vida me beneficio de sistemas que dañan a otras personas?
2. ¿Cuándo fue la última vez que cambié de opinión porque escuché de verdad a alguien cuya experiencia es distinta de la mía?
3. ¿Qué voces faltan en mi círculo social, en mi trabajo o en mi comunidad? ¿Por qué faltan?
4. ¿Cuándo me he quedado en silencio para evitar incomodidad, aun sabiendo que algo estaba mal?
5. ¿Qué estoy dispuesta a arriesgar —social, profesional o económicamente— para estar del lado de quienes son atacadas o marginadas?
Estas no son preguntas para responder una vez y archivar. Se parecen más a una práctica, a una especie de inventario continuo de nuestras vidas.
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Caminos hacia adelante: hacer de la solidaridad un hábito
La solidaridad no es un rasgo de personalidad; es un conjunto de hábitos que vamos construyendo con el tiempo. Aquí hay algunas formas de practicarla:
1. Escucha más allá de tu burbuja.
Busca libros, pódcasts y voces de personas cuyas identidades y experiencias sean distintas de las tuyas. No como “objetos de estudio”, sino como maestras.
2. Practica alzar la voz en cosas pequeñas.
No tienes que empezar con una gran confrontación. Empieza con intervenciones suaves pero claras: “Ese chiste no me cae bien”, o “¿Hemos pensado en cómo afecta esta decisión al grupo X?”
3. Cambia el destino de tus recursos.
Apoya organizaciones y movimientos liderados por quienes más se ven afectados. Contrata, asciende y colabora de formas que redistribuyan oportunidades y poder.
4. Construye relaciones, no solo posturas.
La solidaridad es relacional. Crece a partir de la confianza, de presentarse una y otra vez, de estar dispuesta a ser corregida sin derrumbarse en la vergüenza.
5. Mantente dispuesta a aprender.
A veces te equivocarás. Todas lo hacemos. La solidaridad no va de no cometer errores nunca; va de la rapidez y la humildad con la que los reparamos.
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Otro tipo de pertenencia
En el fondo de todo esto hay una pregunta más profunda: ¿a qué tipo de mundo queremos pertenecer?
¿A uno donde la seguridad y la dignidad son recursos escasos, acaparados por quienes llegaron primero? ¿O a uno donde entendemos que nuestros destinos están entrelazados, que ninguna está realmente a salvo mientras otras sean tratadas como desechables?
La solidaridad, en esencia, apuesta por lo segundo. Es una decisión diaria de ampliar nuestro círculo de cuidado, de permitir que el dolor de otras personas interrumpa nuestra comodidad y de ver nuestra propia humanidad como inseparable de la suya.
Vivimos en una época en la que es fácil sentirse abrumada, cínica o anestesiada. Pero cada día, de formas pequeñas y concretas, se nos ofrecen oportunidades para practicar otra manera de estar en el mundo: escuchar más a fondo, intervenir con más valentía, alinear nuestras vidas un poco más con nuestros valores.
No tenemos que hacerlo perfecto.
Solo tenemos que seguir eligiéndonos unas a otras.
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