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«Más allá del statu quo: 7 ideas audaces para construir un 2026 más justo y progresista»

a girl looking at her reflection in a mirror

Hay un momento silencioso que todavía llevo conmigo.

Estaba a principios de mis veintes, sentada en una cafetería llena de gente con una amiga que acababa de salir del clóset como persona trans. Recuerdo que me sentía orgullosa de mí misma por “estar siendo solidaria”. Escuché, asentí, dije todas las cosas correctas. Pero luego hice una pregunta que, viéndolo ahora, convirtió mi supuesto apoyo en algo centrado en mí:

“Entonces… ¿qué se supone que debería hacer para ser una buena aliada?”

Hizo una pausa, miró su café y dijo con suavidad: “La verdad… estoy muy cansada de tener que explicar eso. Solo necesito que me escuches, que me creas y que prestes atención.”

Recuerdo haberme sentido avergonzada, incluso un poco a la defensiva. Pensaba que estaba haciendo lo correcto al preguntar. Pero lo que estaba diciendo —lo que solo entendí de verdad más tarde— es que ser aliada no va de pedirle a las personas marginadas que nos den una lista de tareas. Va de hacer el trabajo nosotras mismas, de forma constante, imperfecta y muchas veces silenciosa.

Ese momento marcó un antes y un después para mí en entender cómo se ve, en la práctica, la alianza y la solidaridad.

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De “Buena Persona” a Aliada Activa

Muchas de nosotras queremos pensar que somos “buenas personas”. Estamos en contra del racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia, el capacitismo y todos los demás sistemas de opresión que moldean nuestro mundo. Reposteamos las cosas correctas. Votamos “como se debe”. Tratamos de no hacer daño a nadie.

Pero hay una diferencia entre ser, en general, una persona amable y ser una aliada activa.

La alianza no tiene que ver con cómo nos vemos a nosotras mismas; tiene que ver con nuestro impacto.

Plantea preguntas como:
– Cuando alguien está siendo silenciado, ¿intervengo o me quedo callada?
– Cuando me beneficio de un sistema que daña a otras personas, ¿me doy cuenta? ¿Actúo?
– Cuando me señalan algo o me corrigen, ¿me pongo a la defensiva o me abro a la curiosidad?

He tenido que enfrentar la distancia entre quien creía ser y cómo realmente me presentaba en el mundo.

Por ejemplo: una vez estuve en una reunión donde una colega racializada propuso un cambio en un proyecto. Su idea fue descartada, y unos minutos después, una colega blanca hizo una sugerencia similar y fue elogiada por ello. Me di cuenta. Me sentí incómoda. Y no dije nada.

Después, me conté la historia de siempre: “Todo pasó muy rápido. No sabía qué decir. No quería que se pusiera tenso el ambiente.”

Pero ahí está el punto: la alianza suele ser incómoda. Rompe la dinámica. Genera fricción social. Nos pide estar dispuestas a incomodarnos por la dignidad y la seguridad de otra persona.

Aquel día, mi silencio protegió mi comodidad y mantuvo el statu quo. No hizo nada por la persona cuya contribución fue desestimada.

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El Privilegio como Responsabilidad, No como Condena

“Privilegio” es una palabra que puede tensar a la gente. Puede sentirse acusatoria, como si dijera: “No te mereces lo que tienes.” Pero el privilegio no es un juicio moral; es una descripción de cómo los sistemas nos tratan.

Puedes tener privilegio por tu raza, tu género, tu ciudadanía, tu clase, tu corporalidad, tu neurotipo, tu orientación sexual o cualquier combinación de estos y otros factores. Tener privilegio no significa que tu vida sea fácil; significa que tu identidad no la dificulta aún más de formas específicas y estructurales.

La pregunta no es: “¿Tengo privilegio?” La pregunta es: “¿Qué voy a hacer con el privilegio que tengo?”

Algunas preguntas para reflexionar:
– ¿En qué espacios me siento más segura, más “normal”, menos cuestionada? Ahí suele estar mi privilegio.
– ¿Dónde doy por hecho que me tratarán con justicia sin tener que demostrar nada? Ahí suele estar mi privilegio.
– ¿En qué contextos se me permite ser “un individuo”, mientras que a otras personas se las ve como representantes de todo su grupo? Ahí suele estar mi privilegio.

Una vez que vemos nuestro privilegio, podemos tratarlo como una responsabilidad:
– Para hablar cuando otras personas no pueden.
– Para hacer espacio cuando estamos acostumbradas a ocupar el centro.
– Para compartir recursos y oportunidades a las que accedemos con más facilidad.
– Para cuestionar políticas y prácticas que nos benefician a costa de otras personas.

El privilegio no es algo que debamos esconder o negar; es algo que podemos poner al servicio del bien colectivo.

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Interseccionalidad: Sostener Más de una Verdad a la Vez

La interseccionalidad, un término acuñado por la jurista Kimberlé Crenshaw, nos ayuda a entender cómo distintas formas de opresión se superponen y se refuerzan mutuamente. Nos recuerda que las personas no son solo “una cosa”: no son solo negras, o solo discapacitadas, o solo queer, o solo migrantes, sino muchas de estas cosas a la vez.

La experiencia de sexismo de una mujer negra no es la misma que la de una mujer blanca. La experiencia de discriminación de una persona trans discapacitada no es la misma que la de una persona cis discapacitada. La interseccionalidad nos pide resistir la tentación de reducir la vida de las personas a una sola categoría.

Recuerdo una conversación con una amiga que es tanto queer como discapacitada. Hablábamos de los eventos del Orgullo, y yo dije algo como: “Debe ser súper afirmador estar en una multitud tan grande, ruidosa y alegre.” Ella sonrió y dijo: “A veces. Pero muchos espacios del orgullo no son accesibles. Así que en teoría estoy incluida, pero en la práctica no.”

Eso se me quedó grabado. Yo estaba celebrando lo inclusivo que se sentía algo, sin fijarme en quién seguía quedándose fuera.

La interseccionalidad nos invita a preguntar:
– ¿Quién falta en este espacio?
– ¿Quién está, pero no es realmente escuchado?
– ¿De quién se consideran sus necesidades como algo opcional?

Nos empuja a ir más allá de la inclusión simbólica y avanzar hacia cambios estructurales.

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Escuchar sin Convertirlo en Algo Sobre Nosotras

Una de las partes más desafiantes de la alianza es aprender a escuchar sin ponernos en el centro.

Cuando alguien comparte una experiencia de daño, es tentador responder con:
– “Seguro que no fue su intención.”
– “¿Estás segura de que no estás exagerando?”
– “Qué horrible, pero yo también he vivido…”

Estas respuestas desplazan el foco de la persona que ha sido dañada y lo devuelven a nuestra comodidad, nuestras interpretaciones, nuestras historias.

Un enfoque distinto podría sonar así:
– “Te creo.”
– “Gracias por confiar en mí para contarme esto.”
– “¿Qué necesitas ahora mismo?”
– “¿Quieres que diga algo o que te apoye para tomar alguna acción?”

He aprendido a la fuerza que ser aliada no significa tener siempre las palabras o soluciones correctas. A menudo significa estar dispuesta a acompañar el dolor de alguien sin apresurarnos a arreglarlo o a minimizarlo.

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Hacer de la Alianza una Práctica, No una Identidad

Una trampa en la que he caído —y en la que aún tengo que estar atenta— es tratar “aliada” como una identidad fija: algo que soy, en lugar de algo que hago.

Cuando la alianza se vuelve parte de nuestra identidad, la crítica puede sentirse como un ataque a quienes somos. Podemos pensar:
– “Pero si yo soy de las buenas.”
– “No era mi intención.”
– “Sabes que estoy de tu lado.”

La realidad es que podemos:
– Votar de forma progresista y aun así reforzar estereotipos.
– Tener amistades diversas y seguir beneficiándonos del racismo.
– Apoyar los derechos trans y aun así malgenerizar a alguien.

La alianza no va de perfección; va de responsabilidad.

Algunas preguntas a las que vuelvo una y otra vez:
– ¿Cuándo fue la última vez que cambié de opinión sobre algo importante porque escuché a alguien más afectado que yo?
– ¿Cuándo fue la última vez que pedí disculpas sin centrar mi intención?
– ¿Cuándo fue la última vez que tomé una acción que me costó algo —tiempo, comodidad, estatus, dinero— por la liberación de otra persona?

Si la respuesta es “no me acuerdo”, eso es una señal de que necesito volver a involucrarme.

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Formas Pequeñas y Concretas de Practicar la Solidaridad

Construir un mundo más justo puede resultar abrumador. Los problemas que enfrentamos —crisis climática, injusticia racial, desigualdad económica, ataques a personas trans y queer, erosión de normas democráticas— son enormes. Ninguna persona, por sí sola, puede resolverlos.

Pero no se nos pide arreglarlo todo en solitario. Se nos pide hacer nuestra parte, donde estamos, con lo que tenemos.

Algunos puntos de partida prácticos:
1. Edúcate de forma proactiva.
Lee libros, ensayos y artículos de personas de comunidades marginadas. Sigue a organizadoras y activistas. Aprende la historia de los temas que te importan.

2. Revisa tus espacios.
Observa tu lugar de trabajo, tus grupos de chat, tus comunidades:
– ¿Quién falta?
– ¿Quién está presente pero no habla?
– ¿Qué barreras —físicas, culturales, económicas— pueden estar en medio?

3. Redistribuye recursos.
Apoya fondos de ayuda mutua, organizaciones de base e iniciativas locales. Si tienes más de lo que necesitas, piensa cómo puedes compartir.

4. Practica alzar la voz.
Cuando escuches un chiste dañino, un comentario despectivo o una política que perjudica a ciertos grupos, practica intervenir. Puede ser tan simple como: “Eso no me termina de encajar,” o “¿Podemos repensar esto?”

5. Construye relaciones, no solo posturas.
La solidaridad se construye con confianza. Preséntate de forma constante, no solo cuando hay una crisis o un hashtag de moda.

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Un Camino Hacia Adelante: Amables con Nosotras, Feroces unas por Otras

Si te has reconocido en alguna de estas historias —como alguien que se quedó callada, que centró sus propios sentimientos, que no vio quién estaba siendo excluida— no eres la única. Yo sigo desaprendiendo, sigo equivocándome, sigo siendo llamada a reflexionar.

La cuestión no es llegar a un estado final e iluminado. La cuestión es permanecer en el trabajo.

Quizá estas preguntas puedan acompañarte:
– ¿Dónde siento más tentación de mirar hacia otro lado?
– ¿Qué voces sigo sin escuchar?
– ¿Qué significaría ver mi libertad entrelazada con la de otras personas?

Vivimos en un tiempo de profunda incertidumbre y también de profunda posibilidad. Los viejos sistemas se están resquebrajando; están surgiendo nuevas formas de estar en el mundo. En este momento, la alianza y la solidaridad no son virtudes opcionales: son herramientas de supervivencia y bloques de construcción para un mundo en el que más personas podamos respirar, descansar y pertenecer.

No lo haremos perfecto todo el tiempo. Pero podemos seguir apareciendo, escuchando con profundidad, actuando con valentía y eligiendo, una y otra vez, alinearnos con la justicia por encima de la comodidad.

Eso, para mí, es el corazón del crecimiento progresista: no la perfección, sino un compromiso persistente y humilde con construir un mundo donde menos personas sean sacrificadas por la conveniencia de otras, y donde todas nosotras, con nuestras identidades múltiples e intersectadas, tengamos espacio para vivir y florecer.

Foto de Dima Kapralov en Unsplash


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