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Construyendo el mañana: 7 audaces ideas progresistas que están transformando 2026 y más allá

A woman gets her hair styled at a salon

Solía pensar en mí como “una de las buenas personas”.

Votaba “como había que votar”, leía los libros “correctos”, compartía las publicaciones “adecuadas”. Conocía el lenguaje de la justicia social lo suficiente como para moverme por espacios progresistas sin levantar sospechas. Pero hace unos años, una amiga dijo algo que, en silencio, reordenó la manera en que me veía a mí misma.

Salíamos de una reunión comunitaria sobre justicia en la vivienda. Aquella noche yo había estado especialmente vocal: ofreciendo sugerencias, cuestionando las políticas de la ciudad, insistiendo en cómo “nosotros” teníamos que hacerlo mejor.

De camino a casa, mi amiga me dijo, con suavidad:
“Eres muy buena hablando de sistemas. Pero a veces da la impresión de que se te olvida que formas parte de ellos.”

Me cayó como una piedra en el pecho. Me di cuenta de que me había estado colocando a mí misma como si estuviera fuera de las estructuras que criticábamos, como si fuera la excepción, la iluminada que observa la injusticia en lugar de alguien moldeada por esos mismos sistemas y beneficiada por ellos.

Esa conversación fue el inicio de un cambio: de verme como “una buena aliada” a entenderme como un trabajo en proceso: alguien que aprende, desaprende y se equivoca en público, en relación con otras personas y en tiempo real.

Esta es una reflexión sobre ese cambio y sobre lo que podría significar pasar de una alianza performativa a una solidaridad más aterrizada, imperfecta, pero honesta.

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El mito del yo terminado

Una de las ideas más seductoras en los espacios progresistas es que podemos llegar a una especie de completitud moral.

No lo decimos en voz alta, pero se cuela de formas sutiles:
– La presión de tener la postura correcta sobre cada tema.
– El miedo a que nos señalen, que puede transformarse en defensividad.
– La satisfacción silenciosa cuando nos ven como “despiertas”, “conscientes” o “del lado correcto de la historia”.

Pero si somos honestas, la mayoría nos movemos entre identidades superpuestas: algunas marginadas, otras privilegiadas, otras que cambian según el contexto. No existe una identidad estable de “buena persona” a la que llegar. Solo existe el trabajo constante de observar: ¿Dónde tengo poder? ¿Dónde tengo puntos ciegos? ¿Dónde sigo colocándome en el centro?

Recuerdo un momento en una capacitación laboral sobre equidad racial. Había intervenido para señalar un patrón que había notado, sintiéndome bastante orgullosa de haberlo nombrado. Después, una colega me tomó aparte y me dijo: “Aprecio lo que dijiste, pero hablaste por encima de dos personas que estaban intentando decir lo mismo”.

Quise desaparecer. Mi instinto fue explicar, justificar: “Solo estaba intentando ayudar”, “No vi que se estaban desmuteando”, “Pensé que el silencio significaba que nadie más quería hablar”. Pero la verdad más dura era que mi sentido de urgencia y mi comodidad al hablar habían vuelto a imponerse sobre mi capacidad de notar quién no estaba siendo escuchada.

La lección no fue que nunca más debiera hablar. Fue que estar “del lado correcto” de un tema no me exime de reproducir las mismas dinámicas que digo rechazar.

No estamos nunca terminadas. Y eso no es un fracaso; es el trabajo.

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La interseccionalidad no es una medalla de identidad

La interseccionalidad empezó como un marco legal y teórico, articulado por Kimberlé Crenshaw, para describir cómo las mujeres negras eran borradas tanto del discurso feminista como del antirracista. Con el tiempo se ha convertido en una palabra de moda, a menudo reducida a una especie de sello progresista.

Pero la interseccionalidad no es una medalla que llevamos para mostrar lo matizadas que somos. Es un lente que pregunta:
¿Quién falta en esta conversación?
¿La experiencia de quién no encaja en nuestras categorías ordenadas?
¿Dónde se superponen distintas formas de opresión y dónde dejamos de verlas?

Lo he visto en mí cuando me enfoco en un eje de identidad y olvido otros. Por ejemplo:
– Defender los derechos LGBTQ+ asumiendo que todo el mundo comparte mi flexibilidad de clase media para “salir del clóset” con seguridad.
– Hablar del acceso para personas con discapacidad como si fuera un tema puramente físico, ignorando cómo la raza, los ingresos y el estatus migratorio influyen en quién es etiquetado como “discapacitado” y quién recibe apoyo.
– Centrar la equidad de género de una forma que asume una comprensión occidental y binaria del género.

La interseccionalidad nos invita a ir más allá del “añadir diversidad y mezclar”. Nos pide rediseñar nuestras preguntas, no solo ampliar nuestras listas.

Una forma práctica en la que he intentado aplicar esto: cuando participo en la planificación de algo —una reunión, un evento, una política— hago una pausa y pregunto:
– ¿Para quién está pensado esto?
– ¿A quién podríamos estar excluyendo sin querer?
– ¿A quién solo estamos considerando en abstracto, sin invitarle realmente a la conversación?

No siempre tengo la respuesta. Pero incluso el acto de preguntar cambia la conversación.

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La sutil comodidad de la alianza performativa

Se habla mucho de la alianza performativa: las publicaciones en redes sociales, los carteles en el jardín, los eslóganes. Pero las actuaciones más insidiosas suelen ser invisibles para las demás personas y solo se vuelven evidentes si estamos dispuestas a ser brutalmente honestas con nosotras mismas.

Algunas preguntas con las que he tenido que sentarme:
– ¿Estoy participando porque realmente me importa o porque no quiero sentir culpa?
– Cuando comparto una historia de daño, ¿la experiencia de quién estoy centrando: la mía o la de la persona dañada?
– ¿Solo alzo la voz cuando hay aprobación social o aplausos?
– ¿Estoy más comprometida con ser vista como “buena” que con cambiar realmente mi comportamiento?

Hubo un momento, no hace mucho, en el que me di cuenta de que había estado usando el activismo como una forma de manejar mi propia ansiedad. Firmaba peticiones, asistía a seminarios en línea y donaba pequeñas cantidades a muchas causas, en parte por un interés genuino, pero también para calmar la sensación de impotencia.

Ninguna de esas acciones era, en sí misma, incorrecta. Pero tuve que preguntarme: ¿Mi objetivo principal es aliviar mi incomodidad o contribuir a un cambio colectivo? La respuesta transformó la manera en que elegí involucrarme.

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De la alianza a la solidaridad

“Aliada” a veces se siente como un título: algo que eres o no eres. “Solidaridad” se siente más como una práctica.

La alianza tiende hacia:
– Ayudar a “ellas”
– Hablar en nombre de otras personas
– Intervenir como protectora o salvadora
– Centrar la moralidad individual

La solidaridad tiende hacia:
– Ver tu liberación entrelazada con la de las demás
– Rendir cuentas ante las comunidades más afectadas
– Compartir riesgos, no solo ofrecer apoyo desde una distancia segura
– Trabajar para cambiar estructuras, no solo comportamientos individuales

La solidaridad implica hacerse otras preguntas:
– ¿Ante quién rindo cuentas?
– ¿Cómo sé qué apoyo es realmente necesario?
– ¿Hasta dónde estoy dispuesta a incomodarme, a arriesgar reputación, comodidad o relaciones?
– ¿Cómo me quedo cuando las cosas se ponen difíciles, cuando me llaman la atención o me invitan a revisar mis actos?

Recuerdo estar en un grupo comunitario donde se tomó una decisión con la que yo estaba profundamente en desacuerdo. Mi primer impulso fue irme, buscar un espacio que “se alineara mejor con mis valores”. Pero una persona mentora me desafió: “¿Y si la solidaridad significa quedarte en la sala y hacer el trabajo lento de construir confianza y cambiar la cultura?”

Quedarme no se sintió heroico. Se sintió tedioso, humilde, a veces exasperante. Pero también me enseñó que la transformación rara vez es dramática. Suele ser incremental, relacional y profundamente poco glamorosa.

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Preguntas para la autorreflexión

Si quieres explorar tu propia relación con la alianza y la solidaridad, podrías sentarte con preguntas como:

1. ¿Dónde tengo ventajas no ganadas (raza, clase, ciudadanía, capacidad, género, etc.)? ¿Cómo moldean mi vida diaria de maneras que casi nunca noto?
2. ¿Cuándo fue la última vez que cambié de opinión sobre una creencia profundamente arraigada? ¿Qué me ayudó a cambiar?
3. ¿Cómo reacciono cuando alguien me dice que he causado daño? ¿Me pongo a la defensiva, desaparezco o me quedo y escucho?
4. ¿Dónde estoy más comprometida con ser percibida como “buena” que con ser honesta sobre mi impacto?
5. ¿Ante qué comunidades o movimientos rindo cuentas? ¿Cómo viven mi presencia?
6. ¿Dónde siento incomodidad cuando surgen temas de justicia y qué podría estar señalando esa incomodidad?

No tienes que responder a todas a la vez. Incluso elegir una y escribir sobre ella puede abrir algo.

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Caminos hacia adelante: pasos pequeños y reales

Un mundo mejor no lo construirán personas perfectas. Lo construirán seres humanos llenos de contradicciones y fallas que siguen eligiendo presentarse, escuchar, reparar y volver a empezar.

Algunos caminos prácticos hacia adelante:
– Practica escuchar más que hablar. En espacios donde tienes privilegio, experimenta con hablar más tarde, hacer más preguntas y notar quién no ha sido escuchada.
– Construye relaciones a largo plazo. En lugar de saltar de causa en causa, elige una o dos comunidades o temas a los que comprometerte en el tiempo. Deja que la gente te conozca. Permítete ser conocida.
– Aprende en privado, no solo en público. Lee, mira y escucha sin necesidad de difundir cada insight. Deja que tu comprensión se profundice de formas que no dependan de la validación externa.
– Normaliza la reparación. Te vas a equivocar. Cuenta con ello. Aprende a pedir disculpas sin centrar tu propia vergüenza. Pregunta cómo se ve la reparación y cúmplela, aunque sea incómodo.
– Observa cuándo te desconectas. Cuando un titular te abruma o una conversación se tensa, presta atención a tu impulso de salirte. ¿Qué significaría quedarte solo un poco más?

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Ya no aspiro a ser “una de las buenas”. Esa frase ha empezado a parecerme una trampa: una invitación a la estancación, a la autocomplacencia, a la distancia.

En cambio, intento ser alguien en movimiento: aprendiendo, desaprendiendo, escuchando, tropezando, intentándolo de nuevo. Alguien dispuesta a verme tanto como moldeada por la injusticia como capaz de resistirla. Alguien que entiende que la solidaridad no es una pose que adopto, sino una práctica a la que vuelvo, de forma imperfecta, a lo largo de la vida.

Si estás leyendo esto, es probable que ya seas alguien a quien le importa, alguien que quiere contribuir a un mundo más justo y habitable. La pregunta no es si eres “lo suficientemente buena” para hacer ese trabajo.

La pregunta es:
¿Estás dispuesta a ser lo bastante honesta, lo bastante humilde y lo bastante persistente como para seguir adelante, incluso cuando la historia que cuentas sobre ti misma tenga que cambiar?

Porque ahí, más que en cualquier eslogan o declaración, es donde comienza un mundo mejor.

Foto de SumUp en Unsplash


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