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«Reescribiendo las reglas: cómo las mentes progresistas están transformando 2026 y más allá»

a person's hand touching a mirror on the grass

Hay una frase a la que vuelvo una y otra vez últimamente: «Estamos todas y todos en esto juntos, pero no de la misma manera».

Se sitúa en la intersección de tantos temas progresistas: privilegio y solidaridad, alianza, interseccionalidad, crecimiento personal. Es un recordatorio de que nuestras vidas están tejidas en una misma tela compartida, pero no todos los hilos tienen el mismo peso, color o tensión.

Mientras atravesamos 2026 —con sus crisis superpuestas y sus momentos silenciosos de esperanza— se siente importante hacer una pausa y preguntarnos: ¿qué significa realmente construir un mundo mejor, juntas y juntos, pero no de la misma manera?

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La primera vez que vi de verdad mi propio privilegio

Recuerdo una conversación de hace años que todavía me hace encogerme un poco.

Una colega —llamémosla Maya— compartía lo agotador que era moverse en el entorno laboral siendo una mujer negra. Hablaba de que la interrumpían en las reuniones, de cómo otras personas repetían sus ideas y de repente se tomaban en serio, y de la presión sutil pero constante de tener que demostrar que merecía estar ahí.

Yo escuché, asentí y dije algo como: «Sí, he notado que te interrumpen en las reuniones. Pero eso le pasa a todo el mundo aquí».

En la superficie sonaba empático. Por debajo, era despectivo. Universalicé su experiencia en lugar de honrar su especificidad. Aplané un patrón profundamente racializado y atravesado por el género en una molestia laboral genérica.

Ella hizo una pausa y respondió, con suavidad pero con firmeza: «No le pasa a todo el mundo de la misma manera».

Esa frase se quedó flotando en el aire. Por un momento me sentí a la defensiva —no era eso lo que quería decir. Pero más tarde, caminando a casa, me di cuenta: mi instinto había sido hacer su experiencia más familiar para mí, en vez de ampliar mi comprensión para ella.

Ese fue uno de mis primeros y incómodos encuentros con mi propio privilegio, no como un rasgo de villano de caricatura, sino como una serie de puntos ciegos que me hacían más propenso a malinterpretar la realidad de otra persona.

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Interseccionalidad: más que una palabra de moda

La interseccionalidad es una de esas palabras que pueden sonar abstractas hasta que empiezas a verla en todas partes. Acuñada por la jurista Kimberlé Crenshaw, describe cómo distintas formas de opresión se superponen: cómo ser, por ejemplo, negra, mujer y con discapacidad no se traduce simplemente en tres luchas separadas, sino que crea una experiencia vital única.

Piénsalo así: si solo miras un eje —raza, género, clase, capacidad— te perderás cómo esos ejes se cruzan y se intensifican entre sí en vidas reales.

Empecé a entender esto más a fondo cuando una amiga compartió su experiencia como mujer queer e inmigrante. No se trataba solo de homofobia, o de xenofobia, o de sexismo; estaba navegando las tres a la vez, a menudo en espacios que reconocían una parte de su identidad mientras ignoraban o incluso rechazaban otra.

La interseccionalidad nos invita a resistir las historias simples:
– No todas las mujeres viven el sexismo de la misma manera.
– No todas las personas queer enfrentan los mismos riesgos.
– No todas las personas con discapacidad se encuentran con las mismas barreras.

Es una lente que complica nuestra comprensión, y precisamente por eso es tan necesaria.

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La tentación de pensar en términos de «buena persona»

Una de las trampas sutiles en los espacios progresistas es lo que llamaré el «pensamiento de buena persona». Funciona más o menos así:

– Me importa la justicia.
– Voto por las candidatas y candidatos correctos.
– Apoyo las causas correctas.
– Por lo tanto, soy de las buenas personas.

El problema no es que estas acciones sean malas —son esenciales—. El problema es cuando las usamos como escudo frente al malestar, la crítica o el cambio.

Me he pillado haciendo esto. Cuando alguien señala que he dicho algo dañino o que he pasado por alto una perspectiva clave, mi mente a veces se apresura a defenderse: Pero leo los libros correctos. Firmo las peticiones. No soy como “esa gente”.

Esa defensividad es una señal de que he convertido mi identidad —como «buena persona progresista»— en algo más importante que mi impacto real. Es una forma sutil de autoprotección que puede bloquear una rendición de cuentas auténtica.

Una pregunta más honesta podría ser:
No «¿Soy una buena persona?» sino «¿Qué estoy aprendiendo y cómo estoy cambiando?»

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La alianza como verbo, no como medalla

La alianza (allyship) es otra palabra fácil de decir y difícil de vivir.

En su mejor versión, la alianza significa:
– Escuchar más de lo que hablas.
– Usar tu privilegio para abrir puertas, no solo para parecer iluminado.
– Quedarte cuando la conversación se vuelve incómoda.
– Aceptar que cometerás errores, y comprometerte a reparar.

En su peor versión, la alianza puede convertirse en una actuación:
– Publicar lo correcto pero nunca cuestionar tu lugar de trabajo.
– Aparecer en los grandes momentos visibles y desaparecer en el trabajo lento y poco glamuroso.
– Poner tus sentimientos en el centro en espacios que no se tratan de ti.

Aprendí esto por las malas en un espacio de organización comunitaria. Estaba entusiasmado, lleno de ideas, listo para «ayudar». Una facilitadora me tomó aparte y me dijo, con amabilidad: «Se nota que estás comprometido. Solo recuerda: este espacio no existe para que tú te sientas útil. Existe para que la gente construya poder para sí misma».

Eso dolió. Pero también me liberó de la presión de ser el héroe. La alianza no va de ser el protagonista en la historia de otra persona. Va de presentarte de forma constante, humilde y con disposición a recibir dirección.

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Preguntas para la autorreflexión

Si hablamos en serio de construir un mundo mejor, tenemos que volver una y otra vez a nosotras y nosotros mismos, no como el centro del universo, sino como un nodo dentro de una red más amplia.

Estas son algunas preguntas que me ha resultado útil revisar con regularidad:

1. ¿Dónde tengo privilegio y dónde experimento marginación?
¿Puedo nombrar ambas cosas sin mezclarlas o restar importancia a una con la otra?

2. ¿A qué voces tiendo a confiar instintivamente y a cuáles tiendo a dudar o cuestionar más, aunque sea de forma inconsciente?
¿Qué revela eso sobre mis sesgos internalizados?

3. ¿Cuándo fue la última vez que cambié de opinión sobre algo importante porque escuché profundamente a alguien con una experiencia diferente?
¿Qué permitió que ese cambio ocurriera?

4. ¿Qué estoy haciendo que es visible y qué estoy haciendo que es invisible?
¿Estoy dispuesto a involucrarme en un trabajo silencioso, no celebrado, que no mejora mi imagen?

5. ¿Dónde me pongo a la defensiva cuando surgen temas de raza, género, clase o capacidad?
¿Qué podría estar intentando proteger esa defensividad?

No necesitas tener respuestas perfectas. El objetivo es cultivar una práctica constante de observar, cuestionar y ajustar.

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Caminos prácticos hacia adelante

La filosofía es importante. Pero si se queda en lo abstracto, puede convertirse en una forma de evitar la responsabilidad. Entonces, ¿cómo se ve todo esto en la práctica?

Algunas posibilidades:

1. Empieza por tus círculos más cercanos.
No tienes que arreglar el mundo de un solo gesto grandioso. Mira tu lugar de trabajo, tu escuela, tu barrio, tus comunidades en línea. ¿Dónde están las inequidades? ¿Quién queda fuera, es interrumpido, tokenizado o sobrecargado? ¿Qué cambios pequeños y concretos podrías impulsar?

2. Pasa de «ayudar» a «redistribuir».
Ayudar a menudo mantiene el poder donde ya está: tú tienes recursos, das algunos. Redistribuir plantea preguntas más profundas: ¿Por qué tengo estos recursos? ¿Cómo pueden cambiar las estructuras para que el acceso sea más equitativo? Esto puede significar apoyar redes de ayuda mutua, impulsar cambios de políticas o trasladar el poder de decisión.

3. Comprométete a aprender de quienes más se ven afectados.
Lee libros y ensayos de personas directamente impactadas por los temas que te importan. Sigue a organizadoras, organizadores y pensadoras cuyo bagaje vital difiera del tuyo. Fíjate en a quién citas, mencionas y referencias cuando hablas de justicia.

4. Normaliza la reparación.
Vas a equivocarte. El objetivo no es ser impecable, sino ser responsable. Cuando alguien te llame la atención o te invite a revisar algo:
– Escucha sin apresurarte a defenderte.
– Reconoce el daño.
– Pregunta cómo podría ser la reparación.
– Haz el trabajo sin exigir perdón ni aplausos.

5. Mantente en el trabajo incluso cuando es lento.
El cambio social suele ser incremental, frustrante y no lineal. Habrá retrocesos, reacciones y momentos en los que parecerá que nada se mueve. En esas etapas, la constancia importa más que la intensidad. Las acciones pequeñas y sostenidas se acumulan.

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Construir un mundo mejor, poco a poco

Es tentador imaginar «construir un mundo mejor» como un gran proyecto cinematográfico: marchas, discursos, reformas de gran alcance. Eso importa. Pero también importan los cambios más silenciosos:

– El momento en que eliges creer la historia de alguien aunque desafíe tu forma de ver el mundo.
– La reunión en la que notas quién no está hablando y le haces espacio.
– La conversación en la que reconoces: «No lo había pensado así. Gracias por ayudarme a ver con más claridad».

Estamos todas y todos en esto juntos, pero no de la misma manera. Algunas personas cargan con más peso, enfrentan más barreras, arriesgan más cuando alzan la voz. Reconocer eso no va de culpa; va de responsabilidad y de solidaridad.

La invitación, mientras avanzamos por este año y los que vienen, es seguir preguntándonos:

– ¿Cómo puedo usar lo que tengo —tiempo, dinero, habilidades, redes, voz— para que a otras personas les sea más fácil respirar, hablar, vivir?
– ¿Cómo puedo mantenerme abierto a ser transformado por las verdades que encuentro?
– ¿Cómo puedo ser parte de un mundo en el que la dignidad no sea un privilegio, sino algo garantizado?

No lo haremos perfectamente. Pero podemos seguir avanzando: de forma imperfecta, humilde, juntas y juntos.

Foto de Nghia Nguyen en Unsplash


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