Capitalismo y democracia: por qué Milton Friedman lo entendió al revés
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Durante décadas, a muchas personas en Estados Unidos se les ha contado una historia sencilla: el capitalismo y la democracia van de la mano. Se supone que los mercados libres conducen a personas libres. Milton Friedman, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, sostenía que el capitalismo era el “hogar natural” de la democracia, que la libertad de mercado era la base de la libertad política.
Pero, como sostiene el artículo de Jacobin “How Capitalism Undermines Democracy”, esta historia se desmorona cuando observamos cómo funciona realmente el poder. En 2026, mientras la desigualdad se profundiza, los multimillonarios compran elecciones y las corporaciones moldean las políticas públicas, ya no basta con decir que “el sistema está roto”. El sistema funciona exactamente como fue diseñado, solo que no para la mayoría de nosotros.
Entender cómo el capitalismo socava la democracia no es un ejercicio intelectual abstracto. Tiene que ver con por qué los salarios se mantienen bajos mientras las ganancias se disparan, por qué los servicios públicos se desfinancian mientras los ricos reciben recortes de impuestos, y por qué tanta gente siente que, sin importar a quién vote, la economía sigue sirviendo a la misma pequeña élite en la cima. Si nos importa la democracia, tenemos que enfrentar el sistema económico que manipula silenciosamente las reglas.
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1. Contexto: la promesa de Friedman frente a la realidad
Milton Friedman se hizo famoso por afirmar que la libertad económica —propiedad privada, mercados libres, mínima regulación— era la condición necesaria para la libertad política. Su planteamiento básico era:
– El capitalismo dispersa el poder al colocarlo en manos de muchos actores privados, no de un Estado centralizado.
– Los mercados son espacios “neutrales” donde las personas intercambian bienes y servicios de forma voluntaria.
– El gobierno debe limitarse a hacer cumplir contratos, proteger los derechos de propiedad y mantener un orden básico.
Desde esta perspectiva, el capitalismo y la democracia son aliados naturales. Cuanto más se mantenga el Estado al margen de la economía, más libre y democrática será una sociedad.
Esta idea no se quedó en lo académico. Moldeó:
– La política económica estadounidense desde finales de los años setenta: desregulación, privatizaciones, recortes de impuestos para los ricos y ataques a los sindicatos.
– Las instituciones globales como el FMI y el Banco Mundial, que impulsaron la “restructuración” y las reformas de libre mercado en el Sur Global.
– El sentido común político: incluso muchos liberales terminaron aceptando que “no hay alternativa” al capitalismo.
Sin embargo, el registro histórico cuenta otra historia:
– Las democracias capitalistas (como Estados Unidos) han visto aumentar la desigualdad, debilitarse los sindicatos y crecer la influencia corporativa sobre la política.
– Las dictaduras capitalistas (como la Chile de Pinochet, a la que Friedman asesoró personalmente) muestran que los mercados pueden florecer bajo regímenes autoritarios brutales.
– Los experimentos democráticos para ampliar derechos sociales —como la socialdemocracia en Europa o los movimientos anticoloniales— a menudo han sido atacados o socavados cuando amenazaban intereses corporativos.
El artículo de Jacobin sostiene que el error de Friedman no fue solo teórico; fue ideológico. Trató el capitalismo como un ámbito de libertad cuando, en realidad, se basa en el poder de clase: en la capacidad de quienes poseen la riqueza para moldear la sociedad en función de sus propios intereses.
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2. Cómo el capitalismo socava la democracia: un análisis progresista
Desde una perspectiva progresista, el problema no es simplemente que el capitalismo sea “imperfecto”. Es que su lógica básica entra en conflicto con una democracia genuina.
a. El poder económico se convierte en poder político
En teoría, la democracia es “una persona, un voto”. En la práctica, el capitalismo la convierte en “un dólar, un voto”.
– Financiamiento de campañas: Multimillonarios y corporaciones inyectan dinero en elecciones, Super PACs y labores de lobby. Sus intereses determinan qué leyes llegan siquiera a discutirse.
– Propiedad de los medios: Un puñado de corporaciones controla los principales medios de comunicación, enmarcando el debate político y acotando el rango de opiniones aceptables.
– Puertas giratorias: Ejecutivos corporativos entran y salen del gobierno, redactando normas que benefician a sus propias industrias.
Esto no es un fallo del sistema; es su rasgo central. Cuando la riqueza se concentra en una pequeña élite, esa élite inevitablemente utilizará sus recursos para proteger y ampliar su poder. El resultado es lo que los politólogos llaman “oligarquía”: el gobierno de unos pocos, aunque las elecciones sigan existiendo formalmente.
b. Los “mercados libres” no son espacios democráticos
Friedman presentó los mercados como espacios de libertad: puedes elegir tu trabajo, tu empleador, tus compras. Pero la mayoría de la gente vive la economía de una manera muy distinta.
– Los lugares de trabajo son dictaduras: La mayoría de los empleadores no se gestionan de forma democrática. Las personas trabajadoras tienen poca voz sobre horarios, salarios, seguridad o el uso de las ganancias.
– La “elección” de empleo está limitada: Si necesitas atención médica, pagar el alquiler y comer, no puedes simplemente “irte” de un mal trabajo. La necesidad económica obliga a aceptar condiciones que no elegirías libremente.
– Los derechos de propiedad se imponen a las necesidades humanas: La vivienda, la salud y la educación se tratan como mercancías. Si no puedes pagar, quedas excluido, aunque los recursos existan.
La democracia implica que la gente da forma colectivamente a las reglas que gobiernan su vida. El capitalismo implica que quienes poseen el capital moldean esas reglas, a menudo de manera que mantienen al resto en la dependencia y la inseguridad.
c. El capitalismo se alimenta de la desigualdad
Friedman afirmaba que el capitalismo haría que “todas las barcas subieran”. En cambio, ha producido:
– Brechas enormes de riqueza: Una fracción diminuta de la población controla porciones descomunales de riqueza.
– Salarios estancados: La productividad y las ganancias aumentan, pero la remuneración de las personas trabajadoras se queda congelada.
– Vidas precarias: Trabajos de plataforma, contratos temporales y débiles protecciones laborales dejan a la gente en permanente incertidumbre.
La desigualdad extrema no solo perjudica materialmente; también erosiona la democracia. Cuando algunas personas están demasiado ocupadas sobreviviendo como para participar políticamente, mientras otras tienen tiempo y dinero para influir en las políticas, el terreno de juego está fundamentalmente inclinado.
d. El capitalismo contraataca los avances democráticos
Cada vez que los movimientos democráticos impulsan más igualdad —mejores salarios, sindicatos más fuertes, sanidad pública, justicia racial— los intereses capitalistas suelen responder con:
– Huelgas de capital: Amenazas de trasladar fábricas, empleos o inversiones si aumentan las regulaciones o los impuestos.
– Austeridad: Exigencias de recortar el gasto social en nombre de la “responsabilidad fiscal”.
– Privatización: Convertir bienes públicos en oportunidades de lucro, socavando el acceso universal.
En la práctica, la democracia se tolera mientras no interfiera con las ganancias. Cuando lo hace, el capital utiliza su poder para disciplinar o revertir los avances democráticos.
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3. Por qué esto importa para la justicia social y los valores progresistas
Para los progresistas, la democracia no se reduce a votar cada ciertos años. Se trata de construir una sociedad en la que todas las personas tengan poder real sobre las condiciones de su vida. El capitalismo, tal como funciona hoy, se interpone en ese proyecto.
a. La justicia racial, de género y de clase están entrelazadas
El capitalismo siempre ha dependido de jerarquías racializadas y de género:
– La esclavitud, el colonialismo y la segregación generaron enormes fortunas para los capitalistas.
– El trabajo no remunerado y mal pagado de las mujeres ha subsidiado el sistema durante generaciones.
– Las personas migrantes y sin papeles son hiperexplotadas para mantener los salarios bajos.
Si una pequeña élite puede acumular riqueza explotando a otras personas, se resistirá a cualquier esfuerzo democrático por redistribuir poder y recursos. Por eso las luchas por la justicia racial, la igualdad de género y los derechos laborales chocan constantemente con la resistencia corporativa.
b. La justicia climática es imposible sin democracia económica
La crisis climática deja al descubierto los límites de la democracia capitalista. Las empresas de combustibles fósiles y otros grandes contaminadores utilizan su riqueza para bloquear regulaciones, financiar el negacionismo y diluir las políticas climáticas. Y, sin embargo, quienes más sufren las consecuencias —comunidades trabajadoras, pueblos indígenas, comunidades racializadas— son quienes menos voz tienen.
Una respuesta democrática al cambio climático priorizaría la supervivencia humana y ecológica por encima del lucro. El capitalismo hace lo contrario. Por eso muchas personas progresistas defienden el ecosocialismo, los Green New Deals y otros modelos que ponen el control democrático de la energía y los recursos en el centro.
c. La democracia real exige democracia económica
Si la democracia quiere ser algo más que un eslogan, tiene que extenderse a la economía:
– Democracia en el lugar de trabajo: Sindicatos, cooperativas de trabajadores y formas de cogobierno.
– Propiedad pública de sectores clave como la energía, la salud y el transporte.
– Bienes públicos universales: Sanidad, vivienda, educación, cuidados y más como derechos, no como mercancías.
Estas ideas no son utópicas. Ya existen, al menos parcialmente, en distintos lugares del mundo. El obstáculo no es la viabilidad, sino el poder concentrado del capital y la ideología que afirma que los mercados deben ir siempre primero.
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4. Qué puede hacer la gente y cómo mantenerse informada
Cuestionar el mito de que el capitalismo y la democracia son aliados naturales es el primer paso. El siguiente es organizarse.
Algunas formas concretas de participar:
1. Apoyar la organización sindical
Los sindicatos son de las pocas instituciones que dan poder colectivo a las personas trabajadoras. Apoya campañas de sindicalización en tu lugar de trabajo, dona a fondos de huelga y amplifica las luchas laborales.
2. Involucrarse en la política local
Los ayuntamientos, las juntas escolares y las campañas locales suelen decidir cuestiones como la política de vivienda, los presupuestos policiales y los servicios públicos. Son espacios clave donde se puede desafiar a los intereses corporativos y ampliar el control democrático.
3. Respaldar políticas que democratizan la economía
– Salarios mínimos más altos y protecciones laborales más fuertes
– Propiedad pública o cooperativa de servicios básicos y utilidades
– Fiscalidad progresiva y programas públicos robustos
4. Unirse o apoyar organizaciones progresistas
Socialistas democráticos, sindicatos de inquilinos, colectivos por la justicia climática, organizaciones por la justicia racial y colectivos feministas están construyendo el poder necesario para enfrentar al capital y ampliar la democracia.
5. Mantenerse informado con medios críticos
Los medios tradicionales suelen tratar el capitalismo como un telón de fondo neutral. Los medios progresistas, como Jacobin, ofrecen análisis que conectan las estructuras económicas con los resultados políticos.
Para profundizar en cómo el capitalismo socava la democracia —y por qué el relato de Milton Friedman era tan engañoso—, lee el artículo completo de Jacobin aquí:
https://jacobin.com/2026/08/capitalism-democracy-friedman-class-power
Foto de Taylor Turtle en Unsplash
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