Antes solía pensar en el “progreso” como algo que ocurría allá afuera: en las noticias, en las elecciones, en movimientos liderados por personas más valientes y más ruidosas que yo. Últimamente, me he dado cuenta de que el progreso también es profundamente personal. Está en esos momentos diminutos e incómodos en los que notamos nuestros propios sesgos, sentimos el tirón de la defensiva y elegimos la curiosidad en su lugar.
Es 23 de agosto de 2026 y el mundo se siente en una encrucijada: ansiedad climática, polarización política, desigualdad creciente, nuevas tecnologías que cambian cómo vivimos y trabajamos. Es fácil sentirse pequeño frente a todo eso. Pero la pregunta a la que vuelvo una y otra vez es esta:
¿Qué significa, en concreto, construir un mundo mejor desde el lugar en el que estoy?
No con grandes consignas, sino en la práctica diaria, a menudo silenciosa, de estar presente para los demás —y para mí— con más honestidad, más valentía y más cuidado.
—
El momento en que entendí que las “buenas intenciones” no bastan
Hace algunos años, estaba en una conversación sobre diversidad en el trabajo. Recuerdo haber dicho algo como: “Yo no veo el color; trato a todo el mundo igual”. Lo decía como una declaración de justicia e igualdad. Alguien a quien respetaba se detuvo, me miró con suavidad y dijo:
“¿Puedo cuestionar eso? Cuando dices que no ves el color, puede sentirse como que no ves lo que realmente me pasa.”
Mi primera reacción fue ponerme a la defensiva. Quería explicarme, insistir en que yo era de los “buenos”. Pero algo en su tono me hizo parar. No me estaban atacando; me estaban invitando a ver más.
Hablamos. Escuché. Aprendí cómo el “no ver el color” puede borrar las experiencias vividas de las personas: el escrutinio extra, las exclusiones sutiles, la sensación de ser “la única persona” en la sala. Me di cuenta de que mi versión de igualdad estaba basada en mi experiencia, no en la suya.
Esa conversación me cambió. Fue la primera vez que entendí de verdad que ser “agradable” o tener “buenas intenciones” no es lo mismo que ser aliado. La alianza no trata de cómo nos vemos a nosotros mismos; trata de cómo nos hacemos presentes para los demás.
Desde entonces, he empezado a hacerme preguntas más difíciles:
– ¿En qué momentos mi comodidad se sostiene a costa de otra persona?
– ¿Qué verdades evito porque complican la historia que cuento sobre mí?
– ¿Cómo puedo escuchar de formas que abran espacio, en lugar de ocuparlo?
—
Interseccionalidad: Ver el cuadro completo
La palabra “interseccionalidad” puede sonar académica, pero la idea que hay detrás es sencilla y humana: ninguno de nosotros es solo una cosa.
Estamos hechos de identidades que se superponen: raza, género, clase, discapacidad, sexualidad, edad, situación migratoria, religión, talla corporal y más. Estas intersecciones moldean cómo nos movemos por el mundo y cómo el mundo responde a nosotros.
Piensa en alguien que es:
– Negro, queer y con discapacidad
– Madre soltera, inmigrante y de clase trabajadora
– Trans, neurodivergente y viviendo en una zona rural
Sus experiencias de discriminación o exclusión no son solo “racismo” o “sexismo” o “capacitismo” aislados. Están entrelazadas, se acumulan, a veces son invisibles para quienes no comparten esas intersecciones.
Antes solía tratar las identidades como cajas separadas. Pensaba en “temas de mujeres” o “justicia racial” o “derechos LGBTQ+” como causas distintas. La interseccionalidad nos pide hacer zoom hacia afuera: ¿Quién se queda en las grietas cuando solo nos enfocamos en un eje de desigualdad a la vez?
Un ejemplo práctico:
Cuando hablamos de “mujeres en puestos de liderazgo”, ¿a quién imaginamos? A menudo, mujeres heterosexuales, cisgénero, sin discapacidad y de contextos relativamente privilegiados. Si no ampliamos intencionalmente ese lente, podemos crear programas que técnicamente “apoyan a las mujeres” pero siguen dejando a muchas mujeres —y a personas no binarias— en los márgenes.
La interseccionalidad no es solo una teoría a la que asentir. Es una práctica que nos invita a preguntar:
– ¿Qué voz falta en esta conversación?
– ¿Quién paga el precio cuando simplificamos en exceso?
– ¿Quién se ve afectado de formas que no estamos viendo porque solo miramos a través de nuestro propio lente?
—
Privilegio: No una sentencia, sino una responsabilidad
El privilegio es una de esas palabras que puede hacer que la gente se tense. A menudo la escuchamos como una acusación: “Eres privilegiado”. Pero el privilegio no es un juicio moral; es una descripción de cómo los sistemas nos tratan.
Si nunca he tenido que preocuparme por ser detenido por la policía debido a mi raza, eso es privilegio.
Si puedo casarme con la persona que amo sin consecuencias legales o sociales, eso es privilegio.
Si los edificios, las páginas web y las políticas están diseñados pensando en mi cuerpo y en mi forma de procesar el mundo, eso es privilegio.
El privilegio no significa que mi vida sea fácil. Significa que mis dificultades no se amplifican por ciertas barreras sistémicas. Es incómodo aceptar eso, especialmente cuando estamos luchando en otros aspectos. Pero hay una fuerza silenciosa en reconocer:
“No me gané todas las ventajas que tengo. Algunas me las entregó un mundo que trata mejor a personas como yo que a otras.”
La pregunta entonces pasa a ser:
¿Qué hago con eso?
Puedo negarlo, sentir culpa por ello o usarlo. Usar el privilegio no significa hablar por encima de otras personas; significa aprovechar el acceso, la seguridad y la influencia que tengo para abrir puertas, cambiar normas y cuestionar el daño.
Algunas formas prácticas de usar el privilegio:
– En conversaciones: Cuando alguien hace un chiste o comentario dañino, intervenir; no para demostrar virtud, sino para dejar claro que la exclusión no es aceptable aquí.
– En los espacios de trabajo: Defender prácticas de contratación, estructuras salariales y políticas que apoyen a quienes históricamente han sido excluidos o infravalorados.
– En las comunidades: Apoyar organizaciones locales lideradas por quienes más sufren la injusticia; seguir su liderazgo en lugar de asumir que sabemos mejor.
– En las relaciones: Creer a las personas cuando describen experiencias que tú no has vivido. Resistir el impulso de centrar tus sentimientos; preguntar qué tipo de apoyo necesitan.
—
La alianza como verbo, no como etiqueta
Una de las lecciones más humildes que he aprendido es que no me corresponde llamarme aliado. Ese título, si se usa, pertenece a las personas a las que intento apoyar. Mi tarea es estar presente de forma constante, imperfecta y abierta a la retroalimentación.
Ser aliado significa:
– Escuchar más de lo que hablo
– Aceptar correcciones sin derrumbarme en la culpa
– Permanecer en el trabajo incluso cuando deja de ser algo “de moda” o cómodo
Hubo un tiempo en que pensaba que publicar lo correcto en redes sociales era “hacer el trabajo”. No es que las declaraciones públicas no signifiquen nada —pueden importar—. Pero tuve que enfrentar la brecha entre lo que decía en línea y lo que hacía fuera de ella.
¿Interrumpía los sesgos en mi propia mesa?
¿Estaba aprendiendo de personas cuyas experiencias desafían mi forma de ver el mundo?
¿Estaba cambiando cómo uso mi dinero, mi tiempo y mi atención?
A veces la respuesta honesta era no. Y esa fue una comprensión dolorosa, pero necesaria.
Una pregunta que me ayuda a reajustar:
Si no pudiera hablar públicamente de mis valores, ¿qué revelarían en silencio mis acciones sobre lo que realmente me importa?
—
Construir un mundo mejor desde donde estamos
Los problemas que enfrentamos —crisis climática, racismo sistémico, desigualdad económica, ataques a la autonomía corporal— son enormes. Ninguno de nosotros puede resolverlos solo. Pero cada uno puede elegir cómo se presenta en sus círculos de influencia.
Estos son algunos caminos que me han ayudado y que quizá también te sirvan:
1. Empezar con honestidad hacia uno mismo
– ¿Qué identidades me dan una sensación de facilidad o seguridad no ganada?
– ¿En qué temas me pongo a la defensiva cuando aparecen el privilegio o la injusticia?
– ¿Qué historias sobre mí mismo me da más miedo cuestionar?
Escribir todo esto, sin juzgar, puede ser un primer paso poderoso.
2. Aprender de quienes están en los márgenes
Busca libros, pódcasts, artículos y voces de comunidades de las que no formas parte, especialmente personas que viven en múltiples intersecciones de marginación. Presta atención a lo que están pidiendo. Deja que sus perspectivas complejicen tus supuestos.
Pregúntate:
– ¿Qué voces tiendo a confiar de manera automática?
– ¿Qué voces tiendo a pasar por alto o a poner en duda?
– ¿Cómo puedo reequilibrar eso de forma activa?
3. Practicar actos pequeños y constantes de solidaridad
No todo acto de solidaridad es dramático. Algunos son silenciosos y sostenidos:
– Corregir a un colega que usa el pronombre equivocado para alguien, incluso cuando es incómodo.
– Asegurarte de que los eventos que organizas sean accesibles; no solo físicamente, sino también en términos económicos y emocionales.
– Compartir reconocimiento, oportunidades e información con personas que suelen quedar fuera de las redes informales.
– Decir: “Todavía no sé lo suficiente sobre esto, pero estoy dispuesto a aprender.”
Pregúntate:
¿Qué es una cosa pequeña que puedo hacer esta semana para que mi rincón del mundo sea más justo, más acogedor o más humano?
4. Permanecer en la incomodidad
Crecer es incómodo. Nos pide enfrentar las formas en que hemos salido beneficiados de, o participado en, el daño, incluso sin querer. Es tentador refugiarse en la culpa o la negación. Pero la culpa solo sirve si nos mueve hacia la responsabilidad.
Prueba a reformular:
– De “Soy una mala persona” a “Hice algo dañino; ¿qué puedo hacer diferente la próxima vez?”
– De “Esto es demasiado abrumador” a “¿Qué parte de todo esto sí puedo influir?”
—
Un compromiso silencioso y radical
Tal vez construir un mundo mejor empiece con un compromiso silencioso y radical:
Seguiré aprendiendo, incluso cuando duela.
Seguiré escuchando, incluso cuando me desafíe.
Seguiré estando presente, incluso cuando nadie me esté mirando.
El progreso no solo se mide en políticas y protestas, por vitales que sean. También se mide en los cambios sutiles de cómo nos vemos, cómo nos tratamos y cómo respondemos al llamado a hacerlo mejor.
Al entrar en lo que queda de este año, quizá quieras preguntarte:
– ¿Qué tipo de antepasado quiero ser para quienes vengan después de mí?
– Si hoy llegara a mi vida alguien que está pasando por un momento difícil, ¿qué encontraría?
– ¿En qué lugares puedo cambiar comodidad por valentía, y certeza por curiosidad?
No lo vamos a hacer perfecto. Pero la perfección nunca fue la meta. La meta es avanzar, con constancia y honestidad, hacia un mundo en el que más personas puedan vivir con dignidad, seguridad y alegría, y reconocer que el camino hacia allí pasa directamente por nuestros propios corazones.
Foto de Jonathan Borba en Unsplash
Relacionado
Descubre más desde Fyra - Dating App for Progressives
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.














