Últimamente hay una pregunta que me persigue:
¿En quién me convierto cuando sería más fácil mirar hacia otro lado?
No hablo de los momentos dramáticos, de película. Hablo de los silenciosos: cuando una persona del trabajo hace un “chiste” a costa de la identidad de alguien; cuando una amistad dice “yo no veo el color” y espera aplausos; cuando sale una noticia sobre otra injusticia más y yo sigo deslizando porque estoy “demasiado cansado/a” para involucrarme.
En 2026, da la sensación de que el mundo arde en mil frentes a la vez: desastres climáticos, polarización política, desigualdad económica, ataques a comunidades marginadas, guerras y desplazamientos. Es abrumador. Dan ganas de desconectar, de replegarse en la propia vida y decir: “Yo solo intento sobrevivir”.
Y, sin embargo, si queremos un mundo mejor, “intentar sobrevivir” no puede ser el final de la historia.
Esto es una reflexión sobre lo que significa pasar de la conciencia a la responsabilidad: sobre privilegio, solidaridad y el trabajo lento e imperfecto de estar ahí para los demás.
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El momento en que entendí que las “buenas intenciones” no bastaban
Antes me gustaba pensar que yo era “de los buenos”.
Leía los libros correctos. Publicaba lo correcto en redes sociales cuando pasaba algo terrible. Me enorgullecía de ser “de mente abierta”. Pensaba que eso me convertía en una buena aliada, en un buen aliado.
Hasta que, hace unos años, estaba en una reunión en la que a una colega —llamémosla Maya— la interrumpían una y otra vez y le pasaban por encima. Ella es una mujer racializada en un espacio mayoritariamente blanco y masculino. Me di cuenta de lo que estaba pasando. Sentí esa incomodidad conocida subiéndome por el pecho. Pensé: “Esto no está bien”.
Y no hice nada.
Después de la reunión, me acerqué y le dije: “Siento mucho lo que pasó. Lo vi y me hizo sentir incómodo/a”. Ella asintió con educación, pero había una tristeza silenciosa en sus ojos. Me dijo: “Te agradezco que lo digas. Pero, la verdad, lo habría agradecido más si hubieras dicho algo en el momento”.
Esa frase se me clavó como una astilla.
Me fui de allí dándome cuenta de que mi incomodidad había sido más importante para mí que su dignidad. Que mi deseo de que me vieran como alguien “agradable” y “no conflictivo/a” pesaba más que usar el privilegio que yo tenía en esa sala. Mi silencio me alineó con el statu quo, por mucho que en mi cabeza creyera otra cosa.
Y esto es lo difícil de admitir: estaba más invertido/a en verme como una buena persona que en ser útil.
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El privilegio como deuda pendiente, no como culpa personal
La palabra “privilegio” puede poner a la defensiva. Puede sonar a acusación: “No te ganaste lo que tienes”. O a desprecio: “Tus dificultades no importan”.
Pero el privilegio no es un juicio moral; es una descripción de un terreno desigual.
Son las maneras en que el mundo se inclina a nuestro favor o en nuestra contra según cosas que no elegimos: raza, género, sexualidad, clase, capacidad, ciudadanía, tamaño del cuerpo, neurotipo, etcétera. Puedes estar pasándolo mal y aun así tener privilegios en algunas dimensiones. Puedes estar marginado/a en un área y privilegiado/a en otra.
Me gusta pensar el privilegio no como un defecto personal, sino como una deuda social pendiente. No va de vergüenza; va de responsabilidad.
Si el mundo me ha dado caminos más lisos en ciertos ámbitos —ya sea por ser una persona sin discapacidad, cisgénero, con papeles, de clase media, o lo que sea—, entonces la pregunta pasa a ser:
– ¿Cómo uso ese camino más llano para despejar obstáculos a otras personas?
– ¿Cómo convierto ventajas no ganadas en beneficios compartidos?
Este cambio de enfoque importa porque la culpa paraliza. La responsabilidad moviliza.
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Interseccionalidad: nadie es solo una cosa
El concepto de interseccionalidad, acuñado por la jurista Kimberlé Crenshaw, me ayudó a entender por qué los enfoques de talla única para la justicia fracasan.
La interseccionalidad dice: las personas no viven el mundo solo como “mujer” o “negra” o “con discapacidad” o “queer” o “pobre” por separado. Esas identidades se cruzan. Una mujer negra no enfrenta racismo más sexismo como líneas separadas en una hoja de cálculo; vive una forma específica y entrelazada de opresión que no se puede entender mirando solo la raza o solo el género.
Recuerdo una conversación con una amistad que es una persona queer, con discapacidad y racializada. Contaba que fue a un evento de “empoderamiento femenino” donde se hablaba de romper el techo de cristal, pero todos los ejemplos daban por hecho que se trataba de mujeres blancas, sin discapacidad, profesionales de oficina. Otra vez, fue a un encuentro sobre derechos de las personas con discapacidad donde se hablaba con pasión de accesibilidad, pero se resistían a hablar de racismo o transfobia.
Me dijo: “En cada espacio, se espera que deje partes de mí en la puerta”.
La interseccionalidad nos invita a dejar de preguntar “¿Cuál es el tema más importante?” y empezar a preguntar “¿A quién estamos dejando fuera de nuestras soluciones?”
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El mito de la aliada perfecta, del aliado perfecto
Una de las cosas que más nos frena a la hora de estar presentes es el miedo a equivocarnos.
Nos preocupa:
– ¿Y si digo algo mal?
– ¿Y si me paso de la raya?
– ¿Y si acabo centrándome en mí?
– ¿Y si me señalan?
Así que nos quedamos callados/as. No hacemos preguntas. No intervenimos. No nos sumamos. Y nos decimos que es porque “no queremos hacer daño”, cuando muchas veces es porque no queremos sentirnos incómodos/as.
Yo he cometido prácticamente todos los errores posibles como “aliada” o “aliado”:
– He hablado por encima de personas a las que quería apoyar.
– He ofrecido soluciones cuando lo que hacía falta era escuchar.
– He esperado agradecimiento por hacer lo mínimo.
– He convertido el dolor de otra persona en mi “momento de aprendizaje”.
Lo que he aprendido es esto: no hay forma de practicar la solidaridad sin meter la pata. El objetivo no es la perfección; es la reparación.
Que te llamen la atención —con cariño o con dureza— no es el final de la historia; es una invitación a crecer. La pregunta no es “¿Lograré no equivocarme nunca?”, sino “¿Qué voy a hacer cuando inevitablemente me equivoque?”
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Preguntas para la auto-reflexión
Si estás leyendo esto y te preguntas por dónde empezar, aquí van algunas preguntas que a mí me han ayudado:
1. ¿Dónde me siento más cómodo/a?
¿En conversaciones sobre raza pero no sobre discapacidad? ¿Sobre género pero no sobre clase? ¿Qué revela eso sobre mi propia posición y mis puntos ciegos?
2. ¿Cuándo me he quedado en silencio para no agitar las aguas?
¿Qué le costó eso a la persona o al grupo que estaba siendo dañado? ¿Qué le costó a mi propia integridad?
3. ¿Quién falta en mi vida?
Mira a tus amistades más cercanas, colegas, personas mentoras, autoras favoritas, a quién sigues en internet. ¿Qué voces están ausentes? ¿Qué perspectivas casi nunca encuentras?
4. ¿Qué estoy dispuesto/a a ceder?
No solo dinero, sino comodidad, tiempo, capital social, el beneficio de la duda. La solidaridad a menudo nos pide sacrificar conveniencia.
5. ¿Cómo reacciono cuando me equivoco?
¿Me pongo a la defensiva? ¿Centro mis intenciones en lugar del impacto? ¿Pido perdón y cambio, o solo pido perdón?
Toma una de estas preguntas y quédate con ella. Escríbela en un diario. Háblala con alguien de confianza. Deja que te incomode un poco: ahí es donde suele empezar el crecimiento.
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Formas prácticas de ejercer la solidaridad
Reflexionar es importante, pero no basta. Aquí van algunas maneras concretas de pasar de la conciencia a la acción:
1. Escucha más tiempo del que te resulta cómodo
Cuando alguien comparte su experiencia de opresión, resiste la tentación de:
– Ofrecer soluciones rápidas
– Compararla con tus propias dificultades
– Restarle importancia (“Seguro que no fue para tanto” / “Seguro que no era su intención”)
En su lugar, prueba con:
– “Gracias por confiarme esto”.
– “Suena realmente doloroso”.
– “¿Hay alguna forma en que pueda apoyarte ahora mismo?”
Escuchar no es pasivo; es una decisión activa de hacer espacio para la realidad de otra persona.
2. Aprende sin exigir trabajo extra
Edúcate a través de libros, artículos, pódcasts, películas y charlas creadas por personas de las comunidades que te importan. Paga por su trabajo cuando puedas.
Resiste el impulso de tratar a tus amistades marginadas como enciclopedias andantes. Si ofrecen explicarte algo, es distinto. Pero no es su responsabilidad construir tu comprensión desde cero.
3. Usa tu voz donde importa
En tu trabajo, familia, grupo de amistades o comunidad:
– Alza la voz cuando se hacen comentarios dañinos.
– Defiende políticas que creen más equidad (transparencia salarial, trabajo flexible, espacios accesibles, contratación inclusiva).
– Apoya a quienes son atacados, no solo en privado sino también en público.
Incluso intervenciones sencillas —“Dejemos que termine”, “Eso no está bien”, “Aquí no usamos ese lenguaje”— pueden cambiar el tono de una sala.
4. Sigue el liderazgo de quienes más se juegan
Si te sumas a una causa que no afecta directamente a tu supervivencia, busca organizaciones lideradas por personas de las comunidades afectadas. Pregunta:
– ¿Qué están pidiendo?
– ¿Cómo puedo apoyar eso, en lugar de imponer mis propias ideas?
La solidaridad no va de aparecer como salvadora o salvador; va de ponerse al lado y respaldar las estrategias que ya se están construyendo.
5. Construye comunidad, no solo respuestas a la crisis
Es fácil aparecer cuando pasa algo dramático. Es más difícil —y más transformador— construir relaciones y estructuras antes y entre crisis.
– Súmate a redes locales de apoyo mutuo.
– Conoce a tus vecinas y vecinos.
– Apoya centros comunitarios, organizaciones de base y movimientos locales.
– Practica el cuidado: preguntar cómo están, compartir recursos, estar presente de forma constante.
Un mundo mejor se construye menos con grandes gestos y más con esfuerzo colectivo sostenido.
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Un camino hacia adelante: elegir en quién nos estamos convirtiendo
Pienso a menudo en aquella reunión con Maya. En la versión de mí que se quedó callada y en la versión de mí en la que estoy intentando convertirme.
No lo hago bien siempre. Sigo dejando pasar oportunidades. Sigo eligiendo la comodidad más veces de las que me gustaría admitir. Pero intento acortar la distancia entre lo que creo y lo que hago.
Quizá ese sea el trabajo para todas y todos en 2026 y más allá: cerrar la brecha entre nuestros valores y nuestros comportamientos, entre el mundo que decimos querer y las decisiones que tomamos en los momentos más pequeños.
Así que te dejo con esto:
– ¿En qué lugar de tu vida puedes acercarte un paso más a la solidaridad?
– ¿Qué conversación has estado evitando que ahora estás dispuesto/a a tener?
– ¿Qué hábito de silencio, comodidad o desapego estás listo/a para cuestionar?
No tenemos que transformarlo todo de la noche a la mañana. Solo tenemos que seguir preguntándonos, en cada momento:
¿En quién me estoy convirtiendo, y con quién me estoy convirtiendo en esa persona?
Porque un mundo mejor no va a aparecer ya hecho. Se irá construyendo, poco a poco, de forma imperfecta, por personas dispuestas a mirarse con honestidad y aun así elegir estar ahí unas para otras.
Foto de josue rosales en Unsplash
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