Antes solía pensar en “ser una buena persona” como una especie de identidad fija: o lo eras o no lo eras. Si votaba de la manera correcta, firmaba las peticiones adecuadas, leía los libros correctos, podía descansar en esa identidad y sentirme completo.
Esa ilusión no duró.
En los últimos años —a través de conversaciones que me dejaron incómodo, de errores que cometí de forma ruidosa y pública, de escuchar a personas cuyas vidas no se parecen en nada a la mía— he empezado a entender la alianza y la solidaridad menos como una etiqueta y más como una práctica. No una medalla que llevamos puesta, sino una forma de presentarnos, especialmente cuando es incómodo, humillante o costoso.
Esta es una reflexión sobre ese cambio: cómo pasamos de “soy de los buenos” a “estoy aprendiendo, rindo cuentas y estoy aquí para largo”.
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El momento en que se rompió el espejo
Hace unos años, estaba en una conversación en grupo pequeño después de un taller sobre justicia racial. Había intervenido varias veces, compartiendo artículos que había leído y “ideas” que había recopilado. En un momento, una mujer negra del grupo dijo con suavidad: “Me da curiosidad—¿te das cuenta de cuánto espacio estás ocupando ahora mismo?”
Sentí que se me encogía el estómago. Mi primer instinto fue defenderme: Pero estoy de tu lado. Estoy intentando ayudar. No soy como esas otras personas.
Debajo de esa defensiva había algo más frágil: el miedo de que quizá no era la persona que creía ser.
Más tarde esa noche, al repasar la conversación, me di cuenta de algo incómodo: había estado más centrado en que se me viera como “consciente” e “informado” que en escuchar de verdad. Mi alianza fue performativa en ese momento. Había centrado mi voz y mi necesidad de ser reconocido.
Esa comprensión dolió, pero también fue un punto de inflexión. Me invitó a hacer una pregunta distinta:
En lugar de “¿Soy un buen aliado?”
Empecé a preguntarme: “¿Cómo estoy apareciendo ahora mismo—y para quién?”
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De identidad a práctica
Cuando la alianza se convierte en una identidad, tienden a pasar algunas cosas bastante previsibles:
– Resistimos la retroalimentación porque amenaza la imagen que tenemos de nosotros mismos.
– Confundimos intención con impacto.
– Buscamos comodidad, aprobación y “crédito” más que cambio.
– Nos hacemos presentes cuando es algo público y celebrado, y desaparecemos cuando es silencioso, desordenado o arriesgado.
Cuando la alianza se convierte en una práctica, se ve diferente:
– Esperamos equivocarnos—y aun así nos quedamos.
– Tratamos la retroalimentación como un regalo, incluso cuando duele.
– Nos medimos menos por lo que decimos que creemos y más por cómo nuestras decisiones afectan a personas con menos poder.
– Estamos dispuestos a sentir incomodidad, a perder estatus o a cambiar creencias muy arraigadas.
Esto no trata solo de raza, o género, o sexualidad, o discapacidad: trata de todas las formas en que el poder y el privilegio moldean nuestras vidas. Trata de interseccionalidad: el reconocimiento de que rara vez las personas son oprimidas o privilegiadas de una sola manera, y de que nuestros movimientos por la justicia están profundamente conectados.
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Privilegio: no un viaje de culpa, sino una responsabilidad
Privilegio es una de esas palabras que pueden cerrar a la gente antes de que la conversación siquiera empiece. Puede sentirse como una acusación: No sufriste lo suficiente. Tu dolor no cuenta.
Pero el privilegio no es un juicio moral; es una descripción de cómo nos tratan los sistemas. Es cualquier ventaja no ganada de la que nos beneficiamos por cómo se nos percibe: nuestra raza, género, clase, ciudadanía, capacidad, tamaño del cuerpo, idioma y más.
Recuerdo la primera vez que realmente sentí el peso de mi propio privilegio. Iba caminando a casa tarde en la noche, con los audífonos puestos, mirando el teléfono sin mucha atención. Después, una amiga me dijo: “Yo nunca podría hacer eso. No es seguro para mí, en mi cuerpo, en mi barrio.”
Nunca había tenido que pensar en si mi mera presencia en un espacio podía interpretarse como una amenaza, una invitación o un blanco. Fue un momento pequeño, pero abrió una puerta: Si hay categorías enteras de miedo y vigilancia que yo nunca tengo que cargar, ¿qué me permite eso hacer? ¿Arriesgar? ¿Ignorar?
La cuestión no es ahogarse en culpa; la culpa rara vez es transformadora por sí sola. La cuestión es reconocer que el privilegio nos da opciones, y luego preguntarnos: ¿Qué estoy haciendo con esas opciones?
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Preguntas para la autorreflexión
Si quieres convertir la alianza en una práctica viva y palpable, ayuda empezar con preguntas honestas. Puedes sentarte con ellas, escribir sobre ellas o hablarlas con alguien de confianza:
1. ¿Dónde tengo privilegio?
Piensa en raza, identidad de género, sexualidad, clase, capacidad, edad, tamaño del cuerpo, idioma, ciudadanía, religión. ¿Dónde tienden los sistemas a tratarte como “predeterminado” o “normal”?
2. ¿Dónde experimento marginación?
¿Cómo te han desestimado, puesto en peligro o excluido por quién eres? ¿Cómo moldea eso tu visión de la justicia y la seguridad?
3. ¿Cuándo me pongo a la defensiva?
¿Qué temas o críticas te hacen sentir atacado o incomprendido? ¿Qué podría estar protegiendo esa defensiva?
4. ¿Qué voces dan forma a mi comprensión?
¿Estás escuchando sobre todo a personas que comparten tu contexto? ¿Qué historias faltan en tus medios, tu estantería de libros, tu círculo social, tu lugar de trabajo?
5. ¿Cómo respondo cuando me llaman la atención o me señalan algo?
¿Te cierras, discutes, desapareces, o te quedas y aprendes?
Estas preguntas no son un examen que haya que aprobar; son una brújula. Nos ayudan a orientarnos para poder movernos con más intención.
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Pasar de la conciencia a la acción
La conciencia es necesaria, pero no suficiente. El mundo no cambia porque lo entendamos mejor; cambia porque actuamos de forma distinta dentro de él.
Estas son algunas formas concretas de encarnar la alianza y la solidaridad en la vida diaria:
1. Escucha más tiempo del que te resulta cómodo
En conversaciones sobre daño o injusticia, resiste el impulso de intervenir con tu historia, tu solución o tu explicación. Practica:
– “Cuéntame más cómo se sintió eso.”
– “¿Qué necesitas de mí ahora mismo?”
– “¿Está bien si hago preguntas, o prefieres que solo escuche?”
Escuchar no es pasivo. Es una elección activa de centrar la realidad de otra persona.
2. Cree a las personas sobre sus propias experiencias
No necesitas entender por completo la experiencia de alguien para creerle. Cuando una colega dice que un comentario fue racista, sexista o capacitista, evita respuestas reflejas como “Seguro que no fue su intención” o “¿Estás segura de que no estás exagerando?”
Prueba en cambio:
– “Te creo.”
– “Siento que haya pasado eso.”
– “¿Cómo puedo apoyarte?”
Creer a las personas es una forma poderosa de solidaridad.
3. Usa tu acceso de forma estratégica
Pregúntate:
– ¿Dónde tengo acceso que otras personas no tienen? (Salas, redes, espacios de decisión, capital social.)
– ¿Cómo puedo usar ese acceso para abrir puertas, redistribuir recursos o cuestionar normas dañinas?
Ejemplos:
– En reuniones, fíjate quién es interrumpido o ignorado, y redirige la atención: “Creo que [Nombre] aún estaba hablando.”
– Si te invitan a hablar en un panel y ves que no hay diversidad, sugiere ponentes adicionales y condiciona tu participación a una representación más amplia.
– Comparte ofertas de trabajo, becas u oportunidades directamente con personas que suelen quedar fuera de esos espacios, y aboga por criterios inclusivos.
4. Toma la retroalimentación como parte del trabajo, no como el final
Te vas a equivocar. Dirás algo inapropiado. Pasarás por alto algo importante. Eso no te descalifica; te humaniza.
Cuando alguien te llama la atención o te confronta:
– Haz una pausa. Respira. Nota el impulso de defenderte.
– Dale las gracias, si tienes la capacidad: “Te agradezco que me lo digas.”
– Reflexiona: ¿Qué puedo aprender aquí? ¿Qué haré distinto la próxima vez?
– Repara si hace falta: una disculpa sincera, un comportamiento cambiado, una acción concreta.
La rendición de cuentas no es castigo; es una invitación a crecer.
5. Deja que esto te cambie a ti, no solo tus opiniones
Una cosa es adoptar un nuevo lenguaje; otra es permitir que tu forma de ver el mundo se reordene.
Eso puede significar:
– Reconsiderar decisiones profesionales o cómo usas tus habilidades.
– Cambiar cómo gastas dinero, tiempo y atención.
– Perder comodidad en espacios que antes se sentían fáciles porque ahora ves el daño que normalizan.
– Soltar relaciones o instituciones que se niegan a avanzar hacia la justicia.
La solidaridad no trata solo de ponerse al lado de alguien; trata de permitir que su lucha reconfigure tus prioridades.
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Construir un mundo mejor, una relación a la vez
Es tentador pensar en escalas grandiosas: cambio sistémico, reformas de políticas, movimientos globales. Eso importa muchísimo. Pero los sistemas también se sostienen en los micro-momentos de la vida cotidiana: en los chistes que dejamos pasar o cuestionamos, en las decisiones de contratación, en la dinámica de las aulas, en las conversaciones familiares, en quién se siente seguro caminando por la calle de noche.
El trabajo de construir un mundo mejor ocurre en ambos niveles a la vez:
– Dentro de nosotros, mientras desaprendemos, sanamos y nos volvemos más honestos sobre el poder que tenemos y el daño en el que hemos participado.
– Entre nosotros, mientras practicamos estar presentes de forma más constante y valiente los unos para los otros.
– Alrededor de nosotros, mientras presionamos a instituciones y sistemas para que se alineen con los valores que decimos sostener.
No tienes que tenerlo todo claro para empezar. De hecho, no puedes. La práctica de la alianza y la solidaridad es, por naturaleza, inacabada. Es un compromiso de seguir preguntando:
– ¿Quién está siendo excluido o dañado aquí?
– ¿Cuál es mi relación con ese daño?
– ¿Qué puedo hacer—solo y con otras personas—para reducirlo?
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Si hay algo que he aprendido, es esto: ser “de los buenos” es una historia que nos mantiene atrapados. Ser de los que crecen, ahí es donde vive la posibilidad.
No necesitamos más aliados perfectos. Necesitamos más personas imperfectas dispuestas a escuchar, a cambiar y a actuar—aunque nadie esté mirando, aunque nos cueste algo, aunque tengamos miedo de equivocarnos.
La pregunta no es “¿Soy un buen aliado?”
La pregunta es: ¿Cómo voy a presentarme hoy—y junto a quién voy a estar mientras lo hago?
Foto de Hasan Almasi en Unsplash
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