Últimamente he estado pensando mucho en cómo hablamos de “ser una buena persona”.
Es una de esas frases que suenan simples hasta que de verdad te detienes a pensarlas. Decimos cosas como “Intento ser una buena persona” o “Es una buena persona”, como si la bondad fuera una identidad fija que o tienes o no tienes. Pero viviendo en 2026, con todo lo que sabemos sobre poder, privilegio e injusticia sistémica, no estoy tan seguro de que “ser una buena persona” siga siendo una meta útil.
Empiezo a creer que ser una persona en crecimiento es mucho más importante.
Y ese cambio —de la bondad como etiqueta estática al crecimiento como práctica continua— lo transforma todo en la manera en que nos presentamos ante los demás, especialmente cuando se trata de alianza, solidaridad y construcción de un mundo más justo.
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El mito de la “buena persona”
Hace unos años, estaba en una conversación sobre raza con una colega. Estábamos organizando un evento y propuse una lista de ponentes que, viéndolo ahora, era abrumadoramente blanca y masculina. Una compañera me lo señaló con suavidad: “Oye, noto que nuestro panel no es muy diverso. ¿Podemos repensarlo?”
Mi primer impulso no fue la curiosidad, sino la defensiva.
Recuerdo haber dicho algo como: “No quise excluir a nadie. Solo elegí a personas que pensé que serían buenas.” En el fondo, lo que realmente estaba diciendo era: “Por favor, no me veas como una mala persona. Estoy intentando ser de las buenas.”
Ese momento se me quedó grabado por lo que pasó después. En lugar de profundizar en por qué mi lista por defecto era tan homogénea, hice unos cambios rápidos, añadí a un par de ponentes racializados y, mentalmente, marqué la casilla. Problema resuelto, ¿no?
Excepto que no. No había abordado el problema real: los hábitos y las suposiciones que me llevaron a esa lista en primer lugar. No me estaba preguntando: ¿Por qué mi red mental es tan limitada? ¿Por qué equiparé “bueno” con “familiar”? ¿Qué sistemas e historias moldean quién me parece “experto” o “cualificado”?
Estaba más comprometido con proteger mi autoimagen de “buena persona” que con crecer de verdad.
Ahí está la trampa del mito de la buena persona: si nos vemos a nosotros mismos como buenos o malos, cualquier comentario de que hemos causado daño se siente como un ataque a nuestra identidad. Es menos probable que escuchemos, aprendamos o cambiemos. Nos volvemos frágiles, especialmente quienes tenemos privilegios.
Y la fragilidad es enemiga de la solidaridad.
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De “bueno” a “en crecimiento”
Entonces, ¿qué pasa si dejamos ir la idea de ser una “buena persona” y nos comprometemos a ser una persona en crecimiento?
Una persona en crecimiento:
– Espera equivocarse a veces.
– Ve la retroalimentación como información, no como una acusación.
– Entiende que el impacto importa más que la intención.
– Acepta que el privilegio no es un fracaso personal, pero negarse a examinarlo quizá sí lo sea.
– Reconoce que la alianza tiene menos que ver con cómo te nombras y más con acciones constantes y con rendición de cuentas.
Este cambio es filosófico, pero también profundamente práctico.
Piensa en la última vez que alguien te dijo que algo que dijiste o hiciste causó daño. Tal vez usaste el pronombre equivocado con alguien. Tal vez hiciste un chiste que cayó muy mal. Tal vez interrumpiste a una colega una y otra vez sin darte cuenta.
Si tu meta es ser una buena persona, tu mente quizá vaya directo a:
– “No era mi intención.”
– “Estás exagerando.”
– “Yo no soy racista/sexista/homófobo/capacitista.”
Si tu meta es ser una persona en crecimiento, tu respuesta podría sonar más así:
– “Gracias por decírmelo.”
– “No me había dado cuenta; ¿me ayudas a entenderlo o hay algo que pueda leer?”
– “Siento el impacto que tuvo. Voy a trabajar en hacerlo mejor.”
Mismo momento, postura completamente distinta.
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El trabajo silencioso de examinar el privilegio
Privilegio es una de esas palabras que todavía hace que algunas personas se incomoden, pero es simplemente una forma de describir ventajas no ganadas: cosas que no pedimos ni creamos personalmente, pero que moldean nuestras vidas y oportunidades.
Podemos tener privilegio en algunas áreas y no en otras: raza, género, clase, ciudadanía, capacidad, sexualidad, tamaño del cuerpo, neurotipo, idioma y más. La interseccionalidad nos recuerda que estas identidades no se apilan ordenadamente; se cruzan, creando experiencias complejas tanto de opresión como de ventaja.
Recuerdo la primera vez que de verdad me senté a mirar mi propio privilegio. No solo como un concepto abstracto, sino como una realidad vivida.
Iba caminando a casa tarde por la noche, con los auriculares puestos, metido en un pódcast. Pasé junto a una mujer que miró hacia atrás, aceleró el paso y cruzó la calle. En ese momento me cayó la ficha: casi nunca pienso en mi seguridad en espacios públicos. Me muevo por el mundo con un nivel de tranquilidad inconsciente que muchas personas —especialmente mujeres, personas trans y personas racializadas— no tienen.
Esa toma de conciencia no me convirtió en una mala persona. Pero ignorarla sí habría impedido que entendiera lo distinto que habitamos las mismas calles, las mismas ciudades, el mismo aire nocturno.
El privilegio no va de culpa; va de responsabilidad.
Si tenemos acceso a espacios, recursos o plataformas que otras personas no tienen, la pregunta pasa a ser: ¿Qué hacemos con ese acceso? ¿Lo acaparamos? ¿O lo usamos para abrir puertas, cuestionar normas dañinas y redistribuir poder?
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Preguntas para la autorreflexión
Si quieres pasar de “bueno” a “en crecimiento”, aquí van algunas preguntas con las que puedes quedarte, no como un examen que hay que aprobar, sino como una invitación a una honestidad más profunda:
1. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me dio una retroalimentación difícil sobre mi comportamiento, mi lenguaje o mis suposiciones? ¿Cómo respondí?
2. ¿Dónde tengo privilegio? (Raza, género, clase, ciudadanía, educación, capacidad, etc.) ¿Cómo se manifiesta eso en mi vida cotidiana?
3. ¿A qué voces escucho, leo y doy más crédito con regularidad? ¿Quién falta en esa lista?
4. Cuando escucho sobre una injusticia que no me afecta directamente, ¿cuál es mi primer impulso? ¿Apartar la mirada? ¿Sentirme abrumado? ¿Sentir curiosidad?
5. ¿Qué historias me cuento sobre ser “de los buenos”? ¿Cómo podrían esas historias impedirme ver toda la verdad?
Puedes escribir sobre estas preguntas, hablarlas con una persona de confianza o simplemente dejarlas resonar en el fondo de tu mente un tiempo. El crecimiento rara vez ocurre de golpe; se acumula en momentos pequeños y honestos.
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Caminos prácticos hacia adelante
La filosofía es importante, pero tiene que aterrizar en la acción. Ser una persona en crecimiento en un mundo complejo implica entrelazar la reflexión con la práctica.
Aquí tienes algunas formas concretas de empezar o profundizar ese trabajo:
1. Practica “Pausa, Observa, Elige”
Cuando te sientas a la defensiva o señalado:
– Pausa: Respira. No respondas de inmediato.
– Observa: ¿Qué está pasando en tu cuerpo? ¿Pecho apretado? ¿Pensamientos acelerados? ¿Ganas de justificarte?
– Elige: En lugar de reaccionar desde el ego, elige la curiosidad. Pregúntate: “¿Y si aquí hay algo que necesito escuchar?”
Este patrón sencillo interrumpe el reflejo de proteger tu imagen y crea espacio para el crecimiento.
2. Pasa de la alianza performativa a la alianza relacional
La alianza performativa va de ser visto como aliado. La alianza relacional va de estar realmente ahí para las personas, de forma constante e imperfecta.
Pregúntate:
– ¿Solo alzo la voz cuando es público o se reconoce?
– ¿Cuestiono chistes o comentarios problemáticos en espacios privados?
– ¿Construyo relaciones reales con personas cuyas luchas digo que me importan?
La alianza tiene menos que ver con decir “Soy aliade” y más con que otras personas puedan decir: “Esa persona sí está ahí para nosotres.”
3. Haz del aprendizaje un hábito, no un proyecto
En lugar de tratar “aprender sobre la opresión” como un curso intensivo de una sola vez, intégralo en tu vida:
– Lee libros, ensayos y artículos de personas con experiencias de vida distintas a las tuyas.
– Sigue a activistas, educadores y organizadores en redes sociales.
– Asiste a eventos, paneles o talleres locales.
– Apoya económicamente este trabajo cuando puedas.
La meta no es convertirte en experte, sino mantenerte dispuesto a aprender.
4. Comparte la carga, no el foco
Cuando te inviten a un espacio, pregúntate:
– “¿Quién no está en esta sala y debería estar?”
– “¿Puedo recomendar a otra persona para esta oportunidad?”
– “¿Cómo podemos estructurar este proyecto para que quienes más se ven afectados por el tema tengan poder real de decisión?”
La solidaridad no es solo ponerse al lado de la gente; también es dar un paso atrás cuando hace falta y asegurarse de que estén en el centro.
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Construir un mundo mejor empieza dentro de nosotres
Estamos viviendo un tiempo de crisis superpuestas: cambio climático, autoritarismos en aumento, desigualdades crecientes, ataques a comunidades trans y queer, injusticia racial persistente, guerras y más. Es fácil sentirse pequeñe e impotente ante todo eso.
Pero el trabajo de construir un mundo mejor es tanto estructural como profundamente personal.
Las leyes, las políticas y las instituciones importan. También importan los micromomentos: cómo escuchamos, cómo pedimos perdón, cómo compartimos el espacio, cómo respondemos cuando alguien confía lo suficiente en nosotres como para decir: “Eso dolió.”
Si nos aferramos a ser “buenas personas”, gastaremos nuestra energía defendiéndonos en lugar de transformarnos. Pero si nos comprometemos a ser personas en crecimiento, abrimos la posibilidad de un cambio real, tanto en nosotres como a nuestro alrededor.
Así que quizá la pregunta no sea “¿Soy una buena persona?” Tal vez una pregunta mejor sea:
¿Estoy dispueste a seguir creciendo, incluso cuando es incómodo, para que mi presencia en el mundo genere más justicia, más cuidado y más posibilidades para otras personas?
Ese es el tipo de persona que quiero ser. No perfecta. No terminada. Solo comprometida: a aprender, desaprender y volver a presentarme mañana, ojalá un poco más consciente, un poco más valiente y un poco más alineada con el mundo en el que digo creer.
Foto de Mariia Horobets en Unsplash
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