Hay un momento al que vuelvo una y otra vez últimamente.
Hace unos años, estaba en un taller sobre raza y privilegio. Estábamos haciendo esa cosa incómoda en la que la persona facilitadora pregunta: “¿Alguna reflexión?” y, de pronto, todo el mundo se vuelve profundamente fascinado por sus agujetas. El corazón me latía a mil porque sabía que tenía algo que decir, pero también sabía que podía decirlo de forma torpe.
Al final levanté la mano y compartí un comentario sobre “ser un buen aliado”. Una mujer negra al otro lado del círculo escuchó y luego dijo, con mucha suavidad: “Me alegra que estés pensando en esto. Pero no necesito que seas un ‘buen aliado’ en teoría. Necesito que escuches cuando es incómodo, y que hables cuando te cueste algo.”
Sentí cómo se me encendía la cara. En ese momento me di cuenta de cuánto de mi supuesto aliadazgo tenía más que ver con sentirme una buena persona que con presentarme de maneras que realmente importaran.
Ese recuerdo me ha acompañado este año, mientras 2026 no deja de recordarnos que el mundo en el que vivimos no es neutral. Desastres climáticos, polarización política, desigualdad económica, ataques a comunidades marginadas: nada de esto está pasando “allá lejos” o “a esa gente”. Nos está pasando a nosotras y nosotros, y está pasando a través de nosotras y nosotros.
Así que he estado preguntándome: ¿Qué significa realmente construir un mundo mejor cuando estamos enredados en sistemas que nos superan tanto?
Y siempre vuelvo a esto: el crecimiento personal y la justicia social no son proyectos separados. Son el mismo trabajo, visto desde ángulos distintos.
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El mito de la “buena persona”
Muchas de nosotras crecimos con un marco moral sencillo: no seas cruel, no seas racista, no seas sexista, no seas homofóbico, sé amable. Interiorizamos la idea de que ser una “buena persona” tiene que ver sobre todo con nuestras intenciones y nuestros sentimientos.
Pero la realidad es más complicada.
Puedes sentir una profunda compasión y aun así beneficiarte de sistemas que dañan a otras personas. Puedes tener las mejores intenciones y aun así causar daño. Puedes verte como alguien de mente abierta y seguir cargando sesgos que influyen en cómo te mueves por el mundo.
Recuerdo la primera vez que alguien me dijo, de frente, que algo que había dicho era dañino. Mi reacción inmediata fue defensiva: “¡Pero eso no fue lo que quise decir!” Quería que entendieran mi corazón, que vieran que no estaba tratando de herir a nadie.
Lo que todavía no entendía era esto: en un mundo estructurado por la desigualdad, el daño no viene solo de la mala intención. A menudo viene de hábitos, supuestos y patrones heredados que nunca elegimos, pero que igual reproducimos.
Así que la pregunta deja de ser “¿Soy una buena persona?” para convertirse en:
– ¿Cómo me presento en la vida de las demás personas?
– ¿Cómo refuerzan o cuestionan mis decisiones, incluso las pequeñas, las injusticias existentes?
– ¿Estoy dispuesta a verme con claridad, incluso cuando es incómodo?
Esas preguntas no van de culpa; van de responsabilidad.
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Interseccionalidad: ver el cuadro completo
La palabra “interseccionalidad” puede sonar académica, pero en el fondo es muy simple: cada quien es más de una cosa a la vez.
No somos solo nuestra raza, o nuestro género, o nuestra clase, o nuestra orientación sexual, o nuestra situación de discapacidad. Somos una combinación de identidades que se cruzan y moldean cómo experimentamos el mundo, y cómo el mundo responde a nosotras y nosotros.
Piensa en tu propia vida:
– Quizá eres mujer y además blanca.
– Quizá eres hombre y además queer.
– Quizá eres no binarie y además tienes una discapacidad.
– Quizá eres heterosexual y cisgénero, pero creciste en la pobreza.
– Quizá eres una persona racializada con privilegio económico.
Cada una de estas combinaciones crea un punto de vista distinto. A veces estamos en el lado que recibe el daño; a veces estamos más cerca del centro del poder. A menudo, ambas cosas a la vez.
Recuerdo una conversación con un amigo que es un hombre queer racializado. Dijo: “A veces siento que soy demasiado para algunos espacios y no suficiente para otros.” En espacios queer, racismo. En espacios de justicia racial, homofobia. En espacios profesionales, ambas cosas.
La interseccionalidad nos invita a dejar de aplanar a las personas en una sola categoría y, en cambio, preguntar: ¿Qué fuerzas se están superponiendo aquí? ¿Quién está quedando fuera, incluso en espacios que dicen ser inclusivos?
Para la autorreflexión:
– ¿Qué partes de tu identidad suelen estar centradas en la mayoría de los espacios en los que estás?
– ¿Qué partes de tu identidad suelen ser invisibles, malentendidas o descartadas?
– ¿Las experiencias de quién tiendes a ver instintivamente como “normales” o “raras”?
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El privilegio como responsabilidad, no como vergüenza
“Privilegio” es otra palabra que puede hacer que la gente se cierre. Se escucha como “Tú no has sufrido” o “Deberías sentirte mal por tu vida”, que no es lo que significa.
El privilegio no significa que tu vida sea fácil. Significa que tu vida no se hace más difícil por un factor concreto.
Si eres cisgénero, no tienes que preocuparte por qué baño es seguro usar. Si eres una persona sin discapacidad, no tienes que organizar tu día en torno a la accesibilidad. Si eres blanca o blanco, no cargas con los mismos cálculos constantes de riesgo frente a la policía o el perfilamiento racial.
El privilegio suele manifestarse como aquello en lo que no tienes que pensar.
Cuando empecé a aprender sobre el privilegio, me quedé atrapada en la culpa. Me sentía mal por ventajas que no había ganado y que no podía devolver. Pero la culpa, por sí sola, no cambia nada. Incluso puede convertirse en una forma de seguir centrándome en mí: mis sentimientos, mi incomodidad, mi vergüenza.
Una pregunta más útil es: ¿Qué puedo hacer con el acceso, la seguridad y los recursos que tengo?
Algunos cambios prácticos:
– En lugar de decir, “Me siento tan mal por mis privilegios”, pregunta, “¿Cómo puedo aprovechar mi posición para abrir puertas a otras personas?”
– En lugar de pensar, “No me corresponde estar en esta conversación”, considera, “¿Dónde puedo dar un paso atrás y escuchar, y dónde se necesita específicamente que yo hable?”
– En lugar de negar el privilegio (“Yo también lo pasé mal”), intenta, “Sí, he tenido dificultades, y también me beneficio de sistemas que dañan a otras personas. Ambas cosas pueden ser ciertas.”
Para la autorreflexión:
– ¿En qué contextos te mueves por el mundo con más facilidad que otras personas?
– ¿Qué das por sentado que podría ser un obstáculo para alguien más?
– ¿Cómo podrías usar esa ventaja para redistribuir seguridad, oportunidades o visibilidad?
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El aliadazgo como práctica, no como identidad
“Aliado” se ha convertido en una especie de insignia que a la gente le gusta llevar. Yo también lo he hecho: “Soy aliada / aliado.” Suena estable, como un título que se gana una vez y se conserva para siempre.
Pero el aliadazgo real se parece menos a una insignia y más a un verbo. Es algo que haces, no algo que eres.
Algunos días, quizá te presentes de maneras muy alineadas. Otros días, quizá dejes pasar el momento, te quedes en silencio o te pongas en el centro. La cuestión no es la perfección; es el compromiso.
En ese mismo taller en el que me llamaron la atención con tanta delicadeza, la persona facilitadora dijo algo que se me quedó grabado: “Si tu aliadazgo nunca te cuesta nada, probablemente no está llegando lo suficientemente lejos.”
Los costos pueden verse así:
– Incomodidad social cuando hablas en un grupo que espera tu silencio.
– Tiempo dedicado a aprender, escuchar y desaprender en lugar de quedarte en tu zona de confort.
– Oportunidades que rechazas o compartes para que otras personas puedan ocupar ese espacio.
– Admitir que te equivocaste y reparar el daño sin convertirlo en una historia sobre tus sentimientos heridos.
Para la autorreflexión:
– ¿Cuándo fue la última vez que asumiste un riesgo para acompañar a alguien más vulnerable que tú?
– ¿Cómo respondes cuando te dicen que te equivocaste?
– ¿Estás dispuesta a quedarte en la conversación incluso cuando no puedes controlar cómo te perciben?
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Construir un mundo mejor, una pequeña esfera a la vez
Es fácil sentirse abrumada por la magnitud de la injusticia. Colapso climático, racismo sistémico, leyes anti-trans, desigualdad económica: no son problemas que una sola persona pueda resolver.
Pero eso no significa que no tengamos poder. Significa que nuestro poder es parcial. Cada quien tiene una esfera de influencia concreta: nuestras relaciones, trabajos, comunidades y decisiones.
Algunos caminos prácticos hacia adelante:
1. Practica una escucha más profunda.
Cuando alguien comparte una experiencia de daño o exclusión, resiste el impulso de minimizarla, compararla con la tuya o buscar de inmediato “las dos versiones”. Pregunta: ¿Qué puedo aprender de esto? ¿Cómo puedo estar presente sin apresurarme a arreglar o defender?
2. Mantén la curiosidad sobre tus propios patrones.
Observa dónde te pones a la defensiva, dónde sientes resistencia, dónde te desconectas. A menudo, ahí es donde hay posibilidad de crecimiento. Pregunta: ¿Qué estoy protegiendo? ¿Qué significaría aflojar un poco el control aquí?
3. Toma una acción concreta.
No todo tiene que ser grandioso. Podría ser:
– Unirte a un grupo local de ayuda mutua.
– Donar regularmente a organizaciones lideradas por quienes más se ven afectados.
– Defender políticas inclusivas en tu trabajo o escuela.
– Interrumpir chistes o comentarios dañinos, incluso cuando sea incómodo.
4. Construye relaciones basadas en la mutualidad.
La solidaridad no es caridad. No es “ayudar a esa pobre gente de allá”. Es reconocer que nuestros futuros están entrelazados. Pregunta: ¿Cómo puedo pasar de hacer cosas “por” otras personas a hacerlas “con” ellas? ¿Cómo puedo estar en una relación genuina, y no solo representar cuidado desde la distancia?
5. Haz espacio para la alegría y el descanso.
El trabajo por la justicia no es sostenible si solo se alimenta de rabia y agotamiento. La alegría, la creatividad y el descanso no son distracciones; son parte del mundo que queremos construir. Pregunta: ¿Qué me nutre? ¿Cómo puedo compartir esa nutrición con otras personas?
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Una invitación para cerrar
A medida que avanzamos por 2026, queda claro que la “neutralidad” es una historia que nos contamos para evitar la incomodidad. El mundo nos está pidiendo algo más: estar despiertas, ser honestas, estar dispuestas a cambiar.
No tienes que tenerlo todo resuelto. No tienes que acertar siempre. No tienes que ser la voz más fuerte ni la persona más radical en la sala.
Solo tienes que seguir eligiendo, una y otra vez, alinear tu vida un poco más con los valores que dices sostener.
Así que quizá la verdadera pregunta sea:
En los pequeños momentos cotidianos de tu día —conversaciones, decisiones, hábitos—, ¿qué tipo de mundo estás ensayando?
¿Y cómo se vería, empezando hoy, ensayar algo más justo, más tierno y más verdadero?
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